La segunda
entrega de la trilogía. En un escenario ahora mundial, la
historia toma unas
dimensiones gigantescas,
la dinámica de la novela cambia radicalmente. Su
estilo, por supuesto, permanece, pero los conflictos se engrandecen y
complican, los personajes se desarrollan y relacionan, las circunstancias,
además, les proveen de situaciones para ello.
Alejandro cruza
el Helesponto (el estrecho que separa Asia de Europa) y se embarca en su más
excelsa aventura. Sin embargo, lo hace en una terrible inferioridad numérica y
con recursos escasos, tanto así, que sólo cuenta con dinero suficiente para
financiar un par de meses a su ejército. Los mismos persas no le dan
importancia al imprudente joven, de un poco más de veinte años, y demoran su
respuesta. Por fin, se produce un primer enfrentamiento. La batalla es recia,
pero Alejandro se impone. Desde entonces, se enfrenta a Menmón de Rodas, un
inteligente mercenario griego a servicio del rey persa. Él será su más
complicado enemigo.
Pero el
mercenario muere de una extraña enfermedad y Alejandro continua su camino. En
Gordio se detiene para cumplir un extraño rito, se dice, que quien logre
desatar el nudo que amarra un carro de guerra de un viejo rey de la región,
conquistará Asia. Pero Alejandro, que no destaca por su paciencia, no logro
hacerlo y furioso, desenvaina su espada y con un fino golpe, lo corta. El
portento es claro: El
macedonio conquistará Asia, así tenga que hacerlo apoyado
en el filo de su espada.
Poco después se
enfrenta por primera vez a Darío, rey de los persas, y lo derrota, obligándolo
a huir, incluso cuando su ejercito doblaba al de Alejandro en efectivos. El
macedonio conquista lo palestina, no sin antes pasar más de un año sitiando
Tiro y luego pasa a Egipto. Para entonces, ha tomado como amante a la esposa
viuda de su viejo enemigo, Menmón de Rodas. El amorío tendrá sus profundos
problemas.
Egipto recibe a
Alejandro como un liberador y este se embarca en una peregrinación al oasis de
Siwa, donde está el oráculo de Zeus, según se dice, allí le confirmaran su
origen divino. Los sacerdotes ratifican rápidamente al nuevo Dios.
Unos dirán que
esta divinización en vida, sólo responde a la necesidad de presentarse ante los
egipcios, siempre acostumbrados a ser gobernados por un ser sobrenatural, de
justificar su gobierno, pero otros, que comprenden sin embargo lo anterior,
dicen que el rey macedonio empieza a creerse su papel de Dios.
Este
tomo de la trilogía cuenta lo que seria en cenit de la vida de Alejandro, donde
su madurez y lo duro de la campaña, saca lo mejor de su personalidad y esconde
las perversiones que dormitan en su alma. Emocionante y divertido. Siendo esta afirmación
un lugar común, aún no importe, pues lo merece, la novela es imposible de
soltar; atrapante, se puede leer, a pesar de su extensión, en algunas días.