Durante la infancia, somos capaces de creer en lo imposible, y también en lograrlo. No desde una realidad tangible, sino
desde la
imaginación, que vuela por mundos inexplorados por los adultos. Pero, ¿Qué sucede cuando los niños son obligados a crecer privados de esperanza? ¿Acaso la mismísima pureza en estado corrupto será capaz de madurar para ser el ejemplo a un mundo mejor?
Sucede que en una pequeña población de Inglaterra, conocida como Coketown, esta trágica hipótesis encuentra en el relato de Dickens su vía de escape a la realidad. Los niños fueron criados para vivir acorde a realidades, censurando de existencia de fantasías o cualquier cercanía a lo mágico. Los
personajes son descriptos como "eminentemente prácticos", incapaces de aceptar teorías como la de la contaminación que emana de sus hermosas chimeneas, producto de la revolución industrial. La novela transcurre describiendo la vida de diferentes personas (reflejando la sociedad), que han dejado de lado toda posibilidad de felicidad, porque la razón les ha impedido buscarla.
En un clima de caos emocional, la novela enfrenta un giro relevante. Sólo aquellos personajes que reconozcan el error en el que han vivido serán capaces de escapar a un destino trágico. Para ello, deberán apoyarse en personajes que, por haber vivido de la pasión, fueran discriminados en el comienzo.
Como Dickens invita a reflexionar al final de su obra, en cada uno de nosotros está el luchar contra semejantes barbaridades. La indignación que puede surgir con el transcurso de las páginas debe servir como fuerza impulsora que nos recuerde, nosotros también somos responsables de lo que viene.