A María, una exmilitante guerrillera, le gustaba usar camisetas de manga larga para ocultar sus tatuajes artesanales. En el hombro derecho tenía una cobra, de ahí su apodo "cobra 55".
A sus 29 años, la
vida de oposición al gobierno había terminado. Había desertado de la
guerrilla hacía unos meses. Muy joven, casi una niña, se unió a la guerrilla huyendo de la pobreza familiar, ilusionada con falsas promesas e ideales de igualdad y libertad. Pronto se dio cuenta que esa vida no era fácil y menos para una mujer.
Se volvió una
mujer fría e insensible, aprendió a disparar como la que más, vivía semidrogada en un pequeño mundo que le había negado muchas de las oportunidades que tenían las jóvenes de su edad.
Dejó su apodo y su apellido atrás y encontró empleo como mesera en el único hotel de un pueblo llamado Puerto Amor.
Adolfo, 35 años, exmilitar, estaba en ese municipio por su difícil orden público y por ser buen combatiente. Hacía poco tiempo había sido designado a Puerto
Amor y se había convertido en el policía más apetecido por las mujeres del pueblo.
Yo me hice amiga de María por muchas razones. La primera porque era la única huésped mujer en el hotel donde ella trabajaba y mas que nada porque María nunca había tenido una amiga y a mi me hacía falta una en ese
momento de mi vida.
No fue fácil el acercamiento entre las dos, nos tomó casi un mes. Ella solía sentarse cerca de mi mesa, solo a mirarme en silencio, con esa mirada suya tan peculiar.
Se creó un vínculo muy especial entre nosotras una noche, pasamos de ser un par de desconocidas a ser las mejores amigas del mundo. La visita cada
noche a mi cuarto se convirtió en algo obligatorio, podría decirse que prácticamente añorábamos esos momentos durante todo el día.
Semanas después me contó que estaba enamorada de Adolfo, que tenían una relación clandestina hacía poco, que era la primera vez que sentía algo así por alguien.
Sin decirme nada se despojó de la camiseta. Me contó el motivo de cada tatuaje, me contó su vida, la historia de cada una de sus heridas de guerra.
Haber conocido la cara oculta de María me asustaba, pero hacía que viera nuestra amistad desde otro punto de vista, su sinceridad para conmigo haría que nuestra amistad se fortaleciera, que formáramos una especie de hermandad.
Esa noche yo la ayudé a ponerse aún mas linda para Adolfo. Le presté uno de mis vestidos, color rojo, que resaltaba la blancura de su piel. Salió a las 10 cuando el pueblo entero dormía, con la idea de pasar la noche con Adolfo.
Las citas eran en la estación de policía y esta no era la excepción pues Adolfo no podía abandonar su puesto bajo ninguna circunstancia.
Esa noche se respiraba una extraña calma. Adolfo y María se encontraron y se saludaron con un apasionado beso. Adolfo la tomó por la nuca acercando aún más su rostro al de él. Se separaron por un momento y él la condujo sin palabras, tomándola de la mano hacia el bunker donde estarían tranquilos.
María tembló con las caricias de Adolfo descubriendo nuevas sensaciones. En su memoria se sucedieron una tras otra imágenes del pasado, de hombres sucios tocándola en medio de los matorrales, en un cambuche improvisado o las más, en una casa campesina tomada por asalto.
Ahora Adolfo se tomaba su tiempo, se lo dedicaba a ella muy despacio, amándola con cada
parte de su cuerpo, disfrutando cada milímetro de su anatomía.
Él no se detuvo sino hasta que el cuerpo de ella se estremeció como una hoja seca al viento, su cuerpo se tornó rígido y se pegó mas a su boca para luego relajarse y caer de nuevo con suavidad.
Se tumbaron uno junto al otro, abrazados sin dejar de besarse y acariciarse. María se había entregado como no lo había hecho a hombre alguno en la vida.
Apenas sus cuerpos comenzaban a tranquilizarse cuando sintieron un estruendo imposible de describir. Adolfo gritaba mientras se vestía en un santiamén. María lo imitaba sabiendo lo que pasaba, los largos años pasados al otro lado del conflicto armado la hacía tener la certeza que era una toma guerrillera.
En un segundo María le confesó su pasado. Adolfo no cabía en si de su asombro, en un solo instante sintió odio y amor hacia ella, por un lado era su enemiga y por el otro la mujer que acababa de amar sin tapujos. La situación no daba lugar a demasiadas divagaciones, confiaba en ella sin importarle su pasado, le entregó armas y municiones, él tomó algunas y salió a encontrarse con sus compañeros de asalto.
Fuera del bunker todo era caos, gritos, horror y fuego.
Adolfo llevaba la voz cantante impartiendo a gritos las órdenes para distribuir a sus hombres en diferentes frentes de defensa.
Eran las 12 de la noche y el enfrentamiento apenas empezaba. La gente, horrorizada, oculta bajo las mesas y camas en sus pequeñas casas aguardaba uno a uno los impactos, rezando para que la pesadilla terminara.
Yo aún no me había acostado a dormir pensando en María y Adolfo.
Todo ocurrió muy rápido, nunca había estado en una toma y temí por mi vida pero más aún por la de María que se había metido en la boca del lobo.
Una parte de mi quería esconderse y la otra salir a buscar a María, pero habría sido un acto de heroísmo inútil. Opté por quedarme mirando escena a escena desde la ventana por primera vez la cruda realidad de la guerra subversiva que sufría mi país.
María por su parte estaba ubicada en el segundo piso de la estación, haciendo las veces de francotirador y allí permaneció durante las largas horas que duró la toma.
Los hombres de Adolfo estaban muy bien entrenados y resistieron como héroes hasta las 4 de la mañana, hora en que llegó el apoyo aéreo del ejército nacional.
Adolfo se preguntó entonces por María y decidió ir a buscarla. Ella por su parte tomó su arma y salió corriendo a mi encuentro.
Yo la esperaba frente al hotel, nos vimos casi enseguida, además con ese vestido tan llamativo se reconocía a kilómetros. Nos abrazamos llorando, alegres por estar bien, en silencio. Se separó un momento para verme bien y su mirada se desvió hacia un lugar detrás de mí y se tornó en una mirada de horror. Tras de mí había un hombre, a unos 10 metros apuntando hacia donde estábamos.
Todo ocurrió en cámara lenta, María me empujó hacia un lado, levantó su arma pero ya había perdido mucho tiempo, una bala la impactó en el abdomen y otra en una de sus piernas.
Uno de los hombres la había reconocido y no huyó cuando los otros lo habían hecho. Pensaba que podía congraciarse con su jefe si se deshacía de María y espero el momento oportuno. Y ese momento llegó.
No bien hubo disparado contra María y su cuerpo cayó al suelo llegó Adolfo el cual abatió al asesino. De inmediato Adolfo tomó a María en brazos, aún estaba viva y la llevó al hospital. Eran las 5, comenzaba a amanecer.
A las 6, María moría en mis brazos. Que irónico, tantos habían muerto a manos de la guerrillera y mi vida había sido salvada gracias a la mujer. Que injusto es este mundo pensé, ese mundo violento que le había negado la oportunidad de conquistar sus sueños, de tener hijos, de estudiar, ahora le negaba la posibilidad de vivir.
María fue enterrada en el pequeño cementerio de Puerto Amor. Semanas después mi trabajo terminó y volví a mi casa después de despedirme de Adolfo. Me contó que iba a retirarse de la policía y buscar otro trabajo para irse a vivir a la capital. Me alegré por él aunque sus ojos habían perdido el brillo, nunca había visto a un hombre mirar a una mujer como él miraba a María.
Año tras año visito la tumba de María y le llevo flores, rosas rojas, sus favoritas y no se por qué me da la impresión que cuando las coloco en el jarrón se tornan aún más rojas, se abren un poco como si quisieran aspirar el aire puro, robarle un segundo a la vida. Y su aroma… no lo supe sino mucho tiempo después pero esas flores huelen a esperanza.
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