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En su
obra "Prometeo encadenado", el poeta griego Esquilo nos sorprende con una escena trágica cuyo patetismo quizás pocas veces ha sido superado -esto suponiendo que alguna vez lo haya sido-. Prometeo, el más generoso y sensible de todos los titanes, fue el creador de la humanidad.
Tan identificado estaba su obra que la amaba y sentía pena porque los primeros
humanos vagaban en el mundo muchos peor que los demás seres vivientes: Siempre atemorizados, acosados por los poderosos cazadores. Nuestros ancestros no poseían la fuerza del león, ni la velocidad de los venados, ni la astucia del zorro, ni la resistencia de los toros. Frágiles, tímidos, poco inteligentes, estaban a merced del peligro y la muerte los devoraba con facilidad.
Apiadado de su creación, Prometeo decidió hacer algo. Hurtó el
fuego de los
dioses y se lo dio a sus criaturas. Les enseñó como fabricarlo. Con el fuego el hombre pudo enfrentar a las bestias más terribles. También fabricó herramientas. Cocinó los alimentos. Hizo ofrendas a los dioses.
Pero Zeus, al comprender que los humanos progresaban, decidió castigar a Prometeo, porque su delito no tenía ninguna excusa que atenuara su culpa. Con cadenas forjadas por Hefaistos, el dios herrero, Prometeo fue
encadenado a una montaña. Allí eternamente unáguila le consumía las entrañas durante el día. Llegada la noche, el reo podía descansar, recuperarse de sus heridas y su hígado se regeneraba mágicamente. Pero era breve su tregua con el sufrimiento. Llegadas las primeras luces del día nuevamente se repetía su castigo.
A través de páginas conmovedoras, Esquilo hace hablar a Prometeo, que nos narra sus padecimientos ante un destino cruel y caprichoso. Para los griegos los dioses no son completamente justos. Ellos tienen buena parte de arbitrariedad y los hombres somos juguetes en sus manos. Esa misma angustia, la de Prometeo y la de Esquilo, era la que padecían cotidianamente las personas de la Antigüedad.
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