No es difícil comprender cómo cambian las personas cuando sus impresiones mentales le empujan a ello. Esto es vívidamente ilustrado en este cuento. Relata la transformación de los habitantes de unos islotes caribeños. Aquel pueblo, que puede ser cualquiera, reflejaba su miseria en sus pequeños y mezquinos ranchos, con pisos en abierta competencia con el rocoso y árido ambiente. Sus techos bajos hablaban de la
estrechez de sus mentes y de unas relaciones acostumbradas al mecanicismo de unas vidas que ya habían perdido su sabor. Sin embargo, mujeres, hombres,
comunidad en general y hasta el mismo paisaje geográfico, serían impactados por la inusitada visita de un descomunal cadáver. Un ahogado, que a la postre los cambiaría radicalmente, pues, incluso, todo el
pueblo quedaría unido por los lazos invisibles y profundamente emotivos del parentesco. Sí, uno se convertiría en el padre, otra en la madre, otros serían los hermanos, los tíos, abuelos, abuelas. Todo un linaje a fin de que no le faltara la dignidad de una familia cuando regresaran al mar al
ahogado más hermoso. Lo llamaron Esteban. Con ese nombre dieron vida a sus imaginaciones. La presencia inerme de aquel cadáver activó la maquinaria mental que removería la estrechez y que convertiría a un pueblo sin ilusión, sin armonía, sin esperaza y con una soportable existencia, en una comunidad alegre, trabajadora, unida y esperanzada. Este
cuento es la visión de todo lo que somos capaces de lograr, cuando cambiamos nuestra forma de
ver las cosas... aunque sea la imaginación la que más tenga que ver en ello.
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