En los ya lejanos días de los años cuarenta del siglo pasado, en la villa de Nasca, a punto de ser elevada a la categoría de provincia, la vida social era
casi familiar, y si no por vínculos consaguíneos, también por compadrazgo, aunque fuera de tabla.Y para los que no saben los que era ser
compadres de tabla, ahí les va la información: Este compadrazgo era ocasión y situación que se forzaba para estrechar lazos de amistad
con alguien en especial; la fecha apropiada era el
mes de carnavales, febrero, mes de cosecha de las más apetitosas
frutas de la campiña nasqueña, porque nada como adornar la
tabla con frutas de la estación. Se sorprendía al elegido con una hermosa tabla, que en verdad era una despejada canasta bien emperifollada con listones, flores, frutas y regalos que llenaran el ojo de la agasajada; podía ser un perfume, un corte de tela , casi nunca una joya. El aparatoso presente por regla tenía que llevar una tarjeta con versos almibarados y huachafos: “… Por tu gracia, bondad y belleza sin par, te escojo para que seas la comadrita de mi corazón…” La tabla, en caso de ser aceptada debía ser contestada con otra similar, o mejor… si fuera posible, para quedar bien con el compadre…
En: Cronista de Nasca, de Salvador Navarro Cossio. Lima, 2008.
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