De Ica, esa bendita tierra de mujeres lindas, de mangos, de uvas y algodonales, ¿quién que la conozca no la quiere? Más aun aquellos que como yo hemos vivido allí nuestra infancia y juventud y conservamos imperecederos recuerdos que endulzan el atardecer de nuestras vidas. Sus plazas, sus calles, sus chacras, Huacachina, sus cerros, y La Victoria, soñadora laguna, refugio de los "vaqueros" de San Miguel. Y Pozo Hediondo
con sus totoras y gallaretas, ¿podrá alguien que las conoció, olvidarlas? ¡Jamás! Y quién, con unos tragos encima, podrá contener una lágrima furtiva evocando ese ensueño que era la
laguna de La Huega. ¡Qué privilegio ser iqueño! Qué felicidad haber vivido sus épocas de oro. De cuando "las tiras" de amigos,
al conjuro de un silbido se reunían para ir a bañarse a la laguna que el cuerpo apeteciera ese día, o a la chacra
del "tío" que se nos ocurriera. Alcancé a conocer las lagunas de Saraja y Manzanilla, el Pato Cancino nos llevó. Qué buena gente. Imponía amistad, cariño y mucha hombría. ¿Qué nos podía pasar con un amigo
tan macho y tan derecho? Cuántos imborrables recuerdos desfilan con cada sitio y personaje. Éramos muy muchachos aún, pero ansiosos de ser prontamente hombres hechos y derechos. Queríamos ser grandes cuanto antes. ¿Nos imaginamos acaso la velocidad con que transcurre el tiempo? ¿Pensamos quizá que alguna vez íbamos a querer ser nuevamente jóvenes? No concebimos la irreversibilidad de la vida. ¡Qué rápido pasó el tiempo! ¿Alguna aventura? ¡Muchas! Me viene ahora a la memoria un episodio en especial, de aquella vez cuando nos lucíamos sacando fango del fondo, en el centro mismo de la laguna de Huacachina para entregárselo obsequiosamente a las chicas. ¡Parecía una mantequilla!, tan oscuro y maloliente, aunque muy bueno para embellecer el cutis de las mujeres. Lo sacábamos posado en la cabeza, a fin de poder nadar libremente hasta la orilla. Ocurrió que la calma bucólica del mediodía se quebró de pronto con el grito de -¡Se ahoga! -Un hombre se ahogaba en el medio de la traicionera laguna que, según las consejas, cada año cobraba una vida de varón, y joven, pues dicen que la laguna es una princesa dormida que se lleva consigo a sus enamorados. Nosotros, los cinco amigos de "la tira" que tomábamos sol descansando de nuestros malabares natatorios, nos arrojamos sin vacilar al agua y nadamos hasta donde apenas si se veían unas
manos que casi hablaban en la angustia de quien era absorbido por las aguas. El que llegó primero agarró una de las manos que sobresalía. Pudo ser su fatal perdición. La otra mano lo jaló y el pobre desapareció de la superficie para servir de apoyo al que se ahogaba, quien pudo sacar su cara desesperada a la superficie; tragando agua pedía con los ojos que lo rescataran. Nosotros, testigos cercanos y que recién llegábamos al lugar, no podíamos contener la angustia por nuestro amigo, el Cholo Falla, al cual no alcanzábamos a ver. Era terrible. Felizmente, lo vimos emerger, liberado al fin de las manos del que se ahogaba. A éste queríamos jalarlo, pero su cuerpo y sus brazos se nos resbalaban de las manos por lo jabonoso de las aguas sulfurosas. Entre ratos se nos desaparecía de la superficie y teníamos que buscarlo para sacarlo fuera. Todos queríamos chaparlo por los cabellos. ¡No podíamos con él!, era gordo, pesado y pataleaba como un condenado. La presa se nos iba. No recuerdo quién de nosotros tuvo el chispazo genial de zamparle un poderoso puñetazo que noqueó al candidato al cementerio; solo entonces pudimos remolcarlo como peso muerto hasta la orilla. Lo anecdótico fue que, en la primera levantada de brazos para reanimarlo, nos bañó la cara con un pestífero chorro de cachina que hasta ahora me parece sentir en las entrañas. ¡Qué tal borrachera que se traía el fulano! Si alguien dudara de este hecho, creo que bastará con decir, apelando a mi memoria y, si mal no recuerdo, que fue al violinista Pachas o a uno de sus hermanos, a quien salvamos ese día de las verdes, oscuras agu
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