Conocí a Abrahán Villalobos una tarde de burros, no como comúnmente se le llama a causa
del intenso calor, sino porque era una de aquellas en las que mucha gente se ganaba el diario sustento, llevando
Con los
burros el agua del Lago de Maracaibo, para distribuir por la ciudad y efectuar las diferentes labores que utilizan el líquido elemento.Corría el año de 1900.Me llamó poderosamente la atención aquél hombre formal y extrovertido. Abrahán tenía una flota de veinte burros, alquilado cada uno de ellos por el valor de medio real para los aguadores de la ciudad. Estaba vestido con un saco como si se encontrase en el páramo más frío, elegante sombrero de pajilla simétricamente ajustado sobre su digna y bien peinada cabeza, con su camisa de lino, y su bigote del siglo diecinueve. No paraba de hablar, de dirigir, de referir poemas de amor o de aventuras, con el ceño fruncido, aunque tuviera que ocuparse de dar maíz a un jumento, aunque tuviese que juntar las pequeñas monedas, para enviar el sustento a su mujer y a sus hijos, aunque no fuese más que un burrero. Se parecía a un quijote, y sin duda era un verdadero caballero. No he conocido a nadie que se merezca más el calificativo de cervantino, por alusión a aquél
caballero andante que tanto comprendemos. Loco y elevado. Indomable y bendito, como sólo lo puede estar un alienado. Era un poblador más de Maracaibo, más sin embargo era portador de una nobleza bíblica y legendaria (muy acorde a su nombre), plasmada en su apostura y en sus principios. Fui su
amigo desde antes de tratarlo, y con el tiempo hasta tuve la fortuna de ver casar a su
hija Alicia con mi hijo Audoeno. La extroversión de Abrahán impresionaba mucho y agradaba aún más. Quizás por esa razón, en el año catorce, cuando su hijo Isaac veía la luz, Abrahán consiguió un cargo de cocinero y animador, en una excursión de quince integrantes hacia las cumbres menos exploradas de Perijá: La Sierra Azul. Una iniciativa alcanzada, de los primeros misioneros protestantes que llegaron a estas cálidas regiones, provenientes del norte. Con el dinero que ganó en la excursión, mi amigo Abrahán compró una casa pequeña en el lugar llamado Cotorrera, donde nació su hija Alicia, antes de que la crecida de una cañada terminara por llevarse el inmueble, dejando en el hato La Lago sólo el recuerdo de su piadoso nombre: Getsemaní.Deusdedit Petit (Seudónimo).De esta tela esperad otros retazos.
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