HEBRAS
DEL TIEMPO; DELFINA LINCK. (393 páginas)
Una exuberante y joven alemana, cuyo pasado se desconoce y ella nunca va a revelar, desciende de un barco a principios de siglo para radicarse en la Argentina. A través del diario contrata un alemán radicado en Buenos que primero será su asistente y amigo, luego el socio en el
campo que ella compra
con el dinero que él gana sacando la grande en la lotería. Aparece otro alemán que dice ser un conde y que compra el campo vecino; con éste se arma una relación de amor y luego de odio según transcurren los años. Ella, a quien apodan “la marquesa” porque nadie sabe de dónde viene (ni adonde va), cría caballos de carrera y tiene un hijo por año, cada vez con un padre distinto. Una vez del conde, otra vez de un árabe interesado en caballos que viene de visita, hay uno del petisero de la estancia, y también de un linyera que estuvo de paso y que alguna vez había sido el novio de la partera-nodriza-encargada de los niños que los ha criado a todos porque a la
marquesa solamente le gusta tenerlos (en realidad lo que más le gusta es el parto durante el cual goza cantando arias de óperas italianas), después a los chicos los rechaza. Pero los chicos crecen y con sus historias complican aún más todo este entuerto. El personaje responsable de la desgracia
final es un
militar porteño enamorado de la marquesa, pero aún más enamorado está de las posibilidades económicas que intuye si logra casarse con ella. Con éste ya no hay hijos porque la marquesa se ha hecho ligar las trompas después de parir varios hijos muertos. El descalabro último se produce cuando se está por estatizar el campo (corren los tiempos de Perón) para realizar un proyecto que en realidad es un negociado oscuro del militar. La marquesa muere cuando alocadamente sale en su sulky y vuelca. El conde ya se había colgado de un árbol en su campo años atrás.
Toda esta secuencia el lector la conoce a través del relato de Eulalia, la fiel niñera que, cerca del final de su vida - porque ya tiene 94 años - , es la única que queda en la estancia abandonada y, mientras espera a su hijo que no vuelve (el hijo que realidad no es de ella sino de la marquesa), ella recuerda.
Linck es clara, prolija y tiene un estilo que hace fácil y llevadera la lectura. También es evidente que conoce el campo, la idiosincrasia del paisano, la ideología del militar y también el idioma alemán, puesto que pone en boca de la marquesa un castellano como si lo hablara una alemana que hay que soportar hasta el final porque, curiosamente, esta señora habla de la misma forma desde la primer página hasta la última a pesar de los 30 años transcurridos en el campo argentino. Pero el contenido, el cuento en sí, que pretende ser una saga, en realidad es un gran disparate.
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