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La Ciudad Redonda

Summary rating: 4 stars 16 Puntuación
Autor : Ernesto Endara
Review by : Mng
Visitas : 947  palabras: 900   Publicado el: octubre 02, 2006
Un día en una agencia de viaje, un hombre, llamado Eulogio Clárigo, entra con la intención de planear sus vacaciones y le llama la atención un cartel que decía: “CON USTED: Sí, con usted, Señor, que mira nuestro anuncio con curiosa desconfianza. Será bienvenido a nuestra ciudad, la única redonda del planeta. Venga y ame nuestras curvas, lo ayudarán a encontrar su propio centro”, se acerco a la joven y le preguntó sobre el anuncio y el destino y nombre de la ciudad, pero la joven le contesto que debería reserva un cupo, para darle más información; la joven pensó que con la repuesta el Señor se desalentaría, pero no fue así y este se decidió a reservar un cupo a una isla llamada ciudad Redonda, y como lo dice su nombre las calles y edificios son curvos; el señor fue a parar a Ciudad Redonda por su resistencia a aceptar que el círculo es la figura perfecta de la geometría, ya que, no gustaba para nada de los absolutos ni de los centros.

Para llegar a la isla tenía que viajar primero a Manila que era el punto de partida, estando en Manila. La salida del puerto fue el 14 de Junio, con 5 pasajeros; en el transcurso del viaje se hicieron dos escala; la primera fue para reabastecer de combustible al Hidroavión y la segunda escala fue para recoger a la Señora Diuna Cardozo, la sexta pasajera que necesitaban para presentar la lista completa; ella era como un comodín, lo hizo sin pagar ni recibir una remuneración alguna, y únicamente con el fin de completar la lista; ya que sin ella el viaje se hubiera prolongado por mucho tiempo, la señora Cardozo volvía una y otra vez a la Ciudad Redonda que la atraía con la morbosa intensidad de un estupefaciente, pero el señor Clárigo estuvo leyendo unos libros, en todo el tiempo que duró la travesía.

A la llegada a la Ciudad Redonda, fueron conducidos por un tren de monorraíl magnético en donde al ver por la ventanas del tren los paisaje quedo impresionado con las edificaciones, el sector agrícolas, en donde reconoció muchas clases de gramíneas y frondosos árboles frutales, alternados con árboles maderables; las granjas, mejor dichos con todas sus formas y construcción, él pensaba que era absurda la redondez del diseño impuesto por la ínsula; y cuando se registró en el hotel La Monnaie, la recepcionista al igual que el botones le recomendó que visitará el parque Central; el señor Clárigo haciendo caso omiso a la invitación, se fue al parque Central, asombrado de ver como estaban construidos las edificaciones y también observó que los paseantes cuentan con bancas y glorietas para descansar, varios cafetines con toldas de colores que incitaba a tomar un refresco o comer un bocadillo a la orilla de lagunas artificiales.

Durante los meses de estadía en la Ciudad Redonda, conoció a Ovidio Bal quién fue su mejor amigo, y con el cual compartía su tiempo libre, los dos salen y comparten muchas actividades, el señor Bal lo libró de una tortícolis aguda y de las visiones que estaba viendo después de verse en la maqueta, con medio cuerpo fuera, fue un accidente que le causó desconcierto y pensamientos ajenos que lo no le permitieron dormir. La idea de que el aspecto de la ciudad fuera redonda era absurda y no podía creer esos, en esta ciudad no había banderas, ni himno que lo identificará pero ellos tenían himnos mensuales; no había partidos políticos para suprimir la corrupción; no había bancos ni entidades financieras, ya que al cerrarla se desapareció la pobreza.

El señor Clárigo se enamoró de Leornada, una mujer rubia, delgada; la conoció en el café de “La Isla de Moreau”; en donde quedo hipnotizado por su belleza y desde ese día no ha podido conciliar el sueño por estar pensando en ella, y en el cual ha tenido una que cuantas alucinaciones y sueños eróticos con dicha mujer; que para él es como una diosa.

Los meses de turísticas que estuvo nuestro amigo Clárigo en la Ciudad Redonda, fue algo gratificante para él y su alma, en donde se encontró a si mismo, un verdadero amigo que fue el señor Bal, con el cual paso muy buenos ratos de esparcimiento y de compartir sus anécdotas, sabiduría y también encontró el amor de su vida: Leonarda, con la cual alucino, soñó, sintió que la vida le dio otra oportunidad de amar y de ser amado y vivió unos de su mejores momentos; el día de su regreso a Panamá fue muy melancólico.

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