Desde muy pequeña mi
madre adoraba su
tierra natal, un
lugar no muy conocido, escondido entre las montañas, una zona de minas de oro en las que muchos perdieron la vida tratando de conseguir la fortuna de sus vidas, era un tierra árida pero húmeda a la vez, un sitio en el que las almas penan y el silencio reina, sin embargo todo esto era lo que hacía que ella estuviera enamorada de aquel lugar. Yo nunca entendí por que le gustaba tanto ese lugar.
Había algo que hacía mágico el estar ahí, y eran esas personas que con cada detalle y cada movimiento llenaban su vida todos los días, su tía Nena y su tío Juan que bien fueron como unos padres para ella. Siempre mi madre, el centro de atención, consentida por toda la familia, salía con cada travesura que provocaba ahorcarla, pero para su tío y su tía era la sobrina más amada de todas, como si fuera una hija para ellos. Todas estas cosas que parecen tan simples fueron la
magia del lugar y prendieron una llama permanente de
amor en su vida que aún hoy permanece y estoy segura de que nunca se irá.
Todo lo que necesitaba para ser feliz se encontraba en ese lugar remoto. De vacaciones en verano partían a Caldera, un puerto de pescadores, pero también de mineros en el cual se contaban historias fascinantes y pasaban días enteros de pura diversión. En invierno siempre tenían algo que hacer, a
pesar de las bajas temperaturas permanecían perennemente las ansias de tener nuevas aventuras y de aprovechar cada minuto con sus
amados tíos.
Sin embargo, mi madre fue creciendo y su turno en la vida le tocó las puertas, era hora de salir a estudiar y abrir camino a la vida, por lo que dejó su queridísima tierra, y aunque llevándola siempre en su corazón se marchó a Venezuela en donde se desarrollaría el resto de su vida. Sus tíos amados siempre siguieron siendo la magia que llevaba por dentro y la visitaron luego de que se casara en Caracas, para ellos fue uno de los lugares en los que estuvieron más felices en su vida.
Al paso de los años, su Tía Nena murió, luego su Tío Juan, se habían muerto las personas que más la amaban en la vida. A pesar de eso la magia que llevaba por dentro en su corazón nunca se perdió, aquella llama de amor no se apagó, si no que continuó mucho más fuerte. Y la presencia y amor de sus amados Tíos siempre estará con ella.
Ahora entendí por que mi madre adora tanto su tierra natal, Copiapó.
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