Encantadora y terrible, a la vez que misteriosa, era el perfil de Frau Frida, aquella mujer colombiana que de niña el destino llevaría a Austria, siendo la necesidad y la corazonada perfecta al tocar en la primera casa y responder a la pregunta que le hicieran de la manera característica en ella: “Soñar; me alquilo para soñar”. Quedaría la familia en cuestión bajo el embrujo dominador de Frau Frida, al punto de afectar cada decisión con el consentimiento de ella como única autoridad, y con el pasar del tiempo, apoderarse mediante la superstición del patrimonio familiar.
Conocería a Neruda en uno de esos viajes del escritor colombiano y coincidirían ambos en el sueño de la siesta: “Soñé que estaba soñando conmigo”; así como en la Habana la coincidencia de la ola al pasar ella en el vehículo al momento preciso del maretazo, quedando incrustado en el muro y el anillo en forma de serpiente con ojos de esmeraldas delataba a la vista de quien la conocería años atrás.
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