(Viene de “18 de Eva, Primera Terapia 1”) —¿Por qué me lo preguntas? —Yo sé que el fisioterapista de la clínica no te hablaba de eso, pero entre nosotras sí lo podemos hacer. Las sensaciones sexuales son un excelente indicativo
del grado de recuperación, lo que pasa es que a la gente le cuesta trabajo tocar el tema, lo manejan como si fuera algo raro, o malo. Cuéntame tranquilamente, lo que aquí digamos, o hagamos, no va a salir de entre tú y yo —se ha parado y ha traído una botellita de
aceite aromatizado. Se arrodilla al lado de Daniella. —Bueno, siendo así, pues… no sé. No
creo que haya sentido nada,
mejor dicho, es que no he pensado en eso. —¿Y tu novio, Andrew, no ha tocado el tema? —suelta un chorrito de aceite sobre la palma de la mano. —Pues... no, entre los dos no es que haya mucha confianza
con ese tema. Me imagino que él sabe cómo es el proceso que estoy viviendo. —Y antes del accidente, ¿tenías orgasmos? —cuando siente que el aceite ya no está frío, se lo riega sobre la espalda. —Este... sí, he sentido cosas agradables. Pero creo que no son tan intensas como las que describen en los libros, o las que contaban mis compañeras en la universidad. —¿Te masturbas? —extiende el aceite sobre los hombros. —¿Yo? —risita—. Esa pregunta sí es como...
muy íntima, ¿no crees? —En otras circunstancias, tal vez. Pero en este caso es cuestión de salud. Por el tabú hacia los temas sexuales, nadie se atreve siquiera a nombrar una cosa tan “baja” como la masturbación. Pero resulta que no existe un medio mejor para estimular el sistema nervioso. En tu caso, y de manera muy bien manejada, podría ser de mucho beneficio. Cuéntame, ¿sí lo has hecho? —extiende el aceite sobre los brazos. —Pues... eh... digamos que lo he intentado un par de veces, pero... no sé, no creo que lo haya hecho completamente. Posiblemente no he sabido cómo. —Bueno, ya tocaremos el
tema cuando llegue el momento. Por ahora, no vamos a hablar más. ¿Estás cómoda? —Sí. Mucho. —Te vas a relajar totalmente. Cierra lo ojos y olvídate del mundo. Como cuando estás muy cansada y lo único que quieres es dormir. Victoria se acomoda como cabalgando sobre Daniella, con las rodillas sobre la colchoneta a lado y lado de los costados de la paciente, a la altura de la cintura. Empieza a masajearle simultánea y suavemente los brazos en forma ascendente y descendente, desde los hombros hasta los codos, mientras presiona los músculos describiendo círculos con los dedos. Aquí es donde la fisioterapeuta despliega su mejor talento. Observando cuidadosamente el rostro de Daniella, va cambiando en forma casi imperceptible el ritmo de los movimientos y la intensidad de la presión. Así, estudiando los cambios involuntarios en su expresión, se guía para encontrar el ritmo y la fuerza exactos que ella requiere para abandonar las tensiones. En tanto que el rostro de Daniella se va relajando por completo, Victoria gradualmente traslada el masaje al cuello y a la espalda. Entonces, cierra los ojos y se concentra. A través del tacto empieza a percibir, como si las estuviera viendo, la función pulmonar y la frecuencia cardiaca. El masaje terapéutico se torna en sabia caricia. La respiración y el pulso de Daniella se van reduciendo a su mínima expresión. La sabia caricia deja de ser un contacto físico, y se convierte en espiritual. Cuando Victoria le voltea el cuerpo para que quede boca arriba, ella no siente que alguien la mueve, sino que flota en un tibio vacío. No siente dos manos que la acarician por los hombros, el cuello, el pecho, sino dos elementos etéreos que la recorren inundándola de paz. Gracias al estado de relajación en que se sumerge, y a la falta de sensibilidad de la cintura hacia abajo, Daniella no se entera de cómo el latente sexo d
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