Un
pintor frustrado escribe una serie de
misivas a un
amigo escritor, en ellas relata las dificultades que atraviesa
para adaptarse a la sociedad en la que vive, para entender el comportamiento de
las personas que lo rodean. Su
locura lo lleva a una caótica situación en la
que arrastrará a seres queridos al fracaso emocional, motivado por su
actitud vehemente.
Querido E.
Cada día encuentro menos explicación a esta
situación. No sé qué creer o qué pensar. Ya sabes de qué te hablo. De la
ocupación transitoria por la que estoy pasando: es agradable, a la vez que
mortificadora. Es deseo, es represión. Nunca encuentra la hora de irse y yo
tampoco encuentro el momento de desear que se marche. Ahora está pintando, ella
fuera, yo dentro lanzando golpes en el teclado para poder expresarte lo que
siento.
Sigue pintando, yo la puedo ver a través de la
arpillera de ese cuadro, “La
Araña del Olvido” en el que la
pintura ha dejado ventanas
abiertas para que yo pueda asomarme al espejismo de su cuerpo.
¡Ay! Amigo, cuán distinta puede llegar a ser una
situación. Esta me está desbordando, pero me gusta sentir que está ahí fuera,
en el taller, moviendo sus pinceles sobre un soporte que cada vez se me parece
más.
Hoy, cuando regresé del primer día de trabajo, en el
que, al menos, de momento, me siento bien, estaba aquí, pintando sus tablas y
enviándome a recoger las mías, las de mi salvación. Sabes por qué, porque me da
estabilidad, me centra en mi trabajo, en mis proyectos.
Compartir una ensalada, como cena, con ella, es uno
de los mejores manjares que he podido saborear jamás. Es su calma, su forma de
mirar.
Sí, mi querido E, en tu libro, ese de tus ediciones
fantásticas, el de las mujeres vampiras. La describe con total exactitud. Poco
a poco te va sustrayendo, de tu interior, esos recónditos anhelos. Ya sueño con
ella, la espero cada día y cuando pienso en ella, aparece con su bicicleta.
Se ha alojado en mi vida y pronto, quién sabe, en mi
casa. Y yo querré que se quede.
Y tú me dirás, que tan sólo esta tarde te decía que mi amor pertenece a quién
no nombro, no por innombrable, si no porque a buen entendedor pocas palabras
bastan, y sé que tú lo eres. Pero además no la nombro por que también la amo. Y
es algo extraño. Por ejemplo, la miro y en ella está la que no nombro, pero
mirando a la que se encuentra, en esa ciudad que tu y yo hemos compartido con
su Harem, veo a la que cada noche pinta sobre sus tablas las mías.
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