“Ser un gran santo o un gran asesino” – esta era la forma de pensar de Roberto de la Cruz, personaje principal de esta novela, quién lee en los periódicos algunos casos de
asesinato y considera que resultaría atractivo cometer uno sin motivo aparente, dejando clara su opinión
al respecto casi desde el inicio de la narración, sobre todo cuando considera que “él mataría por estética (…) No por dinero, ni por amor, ni por celos, ni por venganza, ni por locura. Lo interesante sería el
crimen gratuito”
Escrita en 1942 y publicada en 1944, la historia comienza
con el afán que tiene Roberto de la Cruz por matar y planea con detalle (siguiendo treinta
pasos exactamente) el método más eficaz para cometer el crimen y no ser descubierto. Sin embargo, la historia se complica cuando la primera víctima que elige, una señora vieja, rica y excéntrica de la sociedad
mexicana de los años cuarenta, es asesinada de la misma forma que él planeó… pero desafortunadamente él no es el criminal. Alguien más se le ha adelantado.
La frustración que siente el personaje al ver hecho añicos su plan asesino, no la compensa hasta que conoce a su próxima víctima y de nuevo comienza a planear los treinta pasos para lograr su muerte.
Ensayo de un crimen es una novela digna de leerse no sólo por la trama de la historia, sino además por el recorrido exhaustivo que hace el narrador de la ciudad de México. Las calles, los comercios, los callejones son casi tan importantes como el protagonista de la historia, logrando que el lector se enamore de esa capital de la República Mexicana.
Al final el personaje logra su cometido… pero jamás se espera el resultado obtenido.
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