Valerse de un cántaro roto para hacer una aguda
crítica a la
corrupción parece un recurso solo reservado para grandes escritores como es el caso de Heinrich von Kleist (1777-1811), poeta, dramaturgo y novelista
alemán perteneciente —junto a Hoffman, Hölderlin y Richter— a la segunda generación de autores románticos después del
Sturm und Drang de Goethe y Schiller. El mérito es aún mayor si se considera que logra su cometido por medio de la
comedia que, para algunos, sigue siendo un género menor.
El juez Adán, con dos feroces golpes en la cabeza, cojo, sin su peluca oficial recibe en su despacho un caso singular, justamente cuando llega de sorpresa el Consejero de Justicia, en gira de inspección para mejorar el desempeño de los tribunales en las zonas rurales.
Se trata de averiguar quién ha destrozado un cántaro en el dormitorio de la joven Eva. Su vociferante madre señala como principal sospechoso a Ruperto, su prometido. Él lo niega y deja en claro que lo que está roto, además del cántaro, es el compromiso de boda con su hija, pues el culpable de desbaratar el jarrón estaba en el cuarto con ella. Él supuso que era el zapatero y forzó la entrada al cuarto para atraparlo, mas solo alcanzó a golpearlo dos veces en la cabeza con el picaporte arrancado de la puerta, antes de que se escabullera por la ventana.
Marta, la madre de Eva, no se deja convencer ni siquiera con la promesa de su hija de decirle el nombre del culpable en secreto, solo a ella. Tampoco Eva logra restaurar la confianza de Ruperto relativa a su amor por él.
El juez Adán, ante la sorpresa del Consejero, asevera que hay que castigar a cualquiera de los dos y de ninguna manera a un tercer sospechoso. Pero las pruebas incriminatorias estrechan cada vez más el círculo en torno al juez como culpable de la rotura del cántaro, de aprovecharse de su autoridad para mandar al zapatero fuera de la ciudad, de citar a Ruperto con una orden de reclutamiento falsa para chantajear a su novia Eva y seducirla, además de mentir acerca de la pérdida de su peluca que evidentemente colgaba de las parras contiguas a la ventana de la joven.
Aún más, la madrina de Ruperto, citada como testigo, afirma que una figura calva, desencajada, pasó huyendo delante de ella dando grandes zancadas con sus descomunales pies. Esto basta para que se imponga la convicción de que el mismísimo demonio metió sus pezuñas en el asunto, con la circunstancia agravante de que las huellas llevan directamente a la casa del juez.
Ante las arbitrariedades de Adán, que no son más que argucias desesperadas para exculparse, el Consejero toma la conducción del juicio, mientras el titular huye. Se ve obligado a levantar la sesión y declara que “aquí no ha pasado nada”, pues la justicia está por encima de todo, “sin fraudes, ciega, alerta”.
Los jóvenes hacen las paces y este hecho parece el único aspecto esperanzador dentro del panorama de crítica a la
moral burguesa, la corrupción de la justicia, la prevaricación, el
abuso del poder público, el interés por los bienes materiales por sobre la felicidad, que esta comedia trasluce de manera magistral.
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