Oscar
Wilde hace que en esta comedia, al igual que el título, estemos
atentos a su constante doble sentido de situaciones y palabras. El
juego, es punzar, de la forma mas refinada e inteligente, y por lo
demás ingeniosa, a la sociedad londinense, de su época, la
victoriana claro esta.
Los temas triviales, tratados seriamente
mantienen al espectador, o a lector, de la obra siempre entretenido,
constantemente pensando, atento a los diálogos irónicos, a las
respuestas sorprendentes, a los comentarios de profunda y
elegante trivialidad.
Los protagonistas no pueden casarse porque,
a pesar que han inventado a Ernesto, y llevan en secreto una doble
vida, no se llaman realmente así, y las protagonistas no aceptan que
ellos no se llamen Ernesto, a pesar de haberlos conocido con este
nombre. O tal vez porque no son formales. Porque el juego de palabras
que motiva a la obra nos confunde gratamente con Ernest, Ernesto y
con earnest, serio, formal. Entonces, ellas quieren casarse con
Ernestos formales y no con Jack o Algernon, nombres que para ellas no
producen absolutamente ninguna emoción.
También sorprende la
manera en que soluciona el gran enigma de la vida de Jack, que cuando
bebé fue encontrado en un bolso de manos, en una estación de trenes
de Londres. Lo cómico es que fue producto de una entupida confusión
que se aclara graciosamente y la vida de Jack se ilumina al saber que
tiene un hermano, que es su amigo Algy, y que finalmente logra
probar, gracias a la memoria de tía Augusta, personaje que
representa a la severa sociedad de Londres, y que con sus ideas
fijas, pero muy graciosas, que su primer nombre es Ernest.
Es una
obra para disfrutar de la inteligencia de su autor, en la que siempre
se esta sonriendo, es una obra para pensar, y si nos damos cuenta, la
sociedad, en general, no ha cambiado mucho desde entonces.