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Shvoong Principal>Libros>Literatura Clásica>Reseña de Vuelva usted mañana y otros artículos

Vuelva usted mañana y otros artículos

Reseña del Libro   por:Martin Lucas Perez     Autor : Mariano José de Larra
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Los artículos costumbristas de Larra van analizando, criticando y denostando con su humor ácido los diversos vicios que separan a España de los países con una fuerte vanguardia liberal burguesa. En Carta a Andrés trata la incultura, la escasa dedicación a la lectura y la baja calidad de los intelectuales: “En este país no se lee porque no se escribe y no se escribe porque no se lee”. En Manía de citas y de epígrafes carga contra la pedantería. En El mundo todo es máscaras, todo el año es carnaval ataca la hipocresía generalizada valiéndose del personaje de Vélez de Guevara, el diablo cojuelo, que le transporta por los aires y le concede la facultad de ver a través de los techos de las casas. En el famosísimo Vuelva usted mañana, de tan odiosa actualidad, se ocupa de la pereza, de la desidia general, que hace imposible que un extranjero (el señor Sin Pausa) que viene a invertir dinero en el país sea capaz de solucionar los papeleos necesarios, ya que siempre le remiten a mañana y cuando el mañana llega, le dicen que no porque es más fácil hacerlo así que solucionar de verdad las cosas. “¿Qué día, a qué hora se ve a un español?”, pregunta desesperado el extranjero. Y al defender el caracter emprendedor del extranjero y lo mal recibido que es en España, Fígaro clama: “Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros”.

            Larra se desespera con el falso patriotismo que lleva a no querer saber nada ni aprender nada del extranjero, pero tampoco admite un importante efecto secundario —y también de mucha actualidad— de esa postura, que es la renuncia a hacer bien las cosas con la excusa de que vivimos en un país caótico, la coletilla de “¡Este país! El final de dicho artículo es prácticamente una moraleja: “Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡Cosas de España! contribuya cada cual a las mejoras posibles”.

            En una de sus más brillantes y populares obras, El castellano viejo, Larra traza con hilarante maestría la figura igualmente cerrada a los nuevos aires de un cazurro acomodado, orgulloso de su grosería, su aislamiento y su incultura, poseedor de “la brutal franqueza de los castellanos viejos”. El llamado Braulio pertenece a ese tipo de gente que “es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país”. Fígaro se ve obligado a aceptar la invitación a comer a su casa porque “en este mundo, para conservar amigos es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios”. Y para describir la cadena de desastres que le suceden despliega su desternillante humor satírico, como cuando explica el descuido de la criada al pasar junto a donde él esta: “...y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla”.

            Fígaro se pregunta a menudo, como en la introducción a Casarse pronto y mal, sobre qué y por qué y para quién escribir. Y, según pasa el tiempo, sus artículos se van haciendo más personales y pesimistas, traspasados siempre por la prosa vehemente de la desesperación romántica.

En El día de difuntos de 1836 encuentra el momento ideal para vertir su frustración por la época dolorosa que le toca vivir. Dice haber pasado del asombro continuo a la total incomprensión. Ve por todas partes nichos con los cadáveres de los conceptos básicos del liberalismo burgués por los que él tanto ha clamado. En una tumba yace media España, “murió de la otra media”. La ciudad entera es un cementerio: “El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo”. Los vivos no deben visitar a los muertos, sino envidiarlos: “Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tiene libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte". El artículo finaliza, culminando su aliento romántico, con un giro hacia el propio autor cuyo corazón “no es más que otro sepulcro” en el que puede leerse el epitafio más negro posible: “Aquí yace la esperanza”.
            Del mismo tono es el escrito un par de meses después, La nochebuena de 1836, en el que también comunica su desesperanza: “en cada artículo entierro una esperanza o una ilusión”. Es significativo que explique la superstición diciendo que “el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer”. Y al dar la palabra a su supuesto criado, que se ha emborrachado para celebrar la festividad, vemos que Larra vuelva a enfocar su pluma hacia lo más íntimo de sí mismo, que encontramos lleno de desolación: “Yo estoy ebrio de vino, es verdad; pero tú lo estás de deseos y de impotencia”.
            Del día siguiente es Horas de invierno, del que esta antología sólo recoge el más famoso fragmento, del cual Azorín dijo que contenía a todo Larra: “Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla como en una pesadilla abrumadora y violenta”

 

Publicado el: 28 junio, 2008   
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