La afirmación que realiza Fernando de Rojas en el prólogo de La Celestina, en el sentido de que se encontró escrito
el primer auto y decidió continuar la obra hasta el final, había sido considerada por la crítica posterior como una simple coartada de ese licenciado en derecho, hidalgo de Puebla de Montalbán, por la sospecha de frivolidad o incluso de impiedad que su completa autoría le pudiera suponer. No obstante, por la diferencia de estilos entre las dos partes y otras diversas consideraciones, los más reputados críticos del siglo XX han acabado aceptando mayoritariamente tal afirmación.
Los autores de este estudio forman parte de una corriente más actual que indaga en las grandes contradicciones, soluciones heterodoxas e indefiniciones que todos los críticos han detectado en el argumento y el desarrollo de La Celestina. Para Sánchez y Prieto, Fernando de Rojas es sólo el recopilador de una obra que ha sufrido un proceso de elaboración muy complejo. Además de Rojas y del primer autor del fragmento inicial, existe un tercer autor intermedio, respnsable de la mayor parte del argumento.
Tal autor es el que encontró ese primer argumento (probablemente, dado que las comedias no solían llevar el título de los amantes protagonistas, el inicio de una novela de amor caballeresco) y el que compuso a partir de ella una comedia, más o menos escabrosa, didáctica únicamente en el sentido de presentar comportamientos no recomendables y con toda seguridad de final feliz, como es propio en ese género (imaginamos algo parecido a
La mandrágora de Maquiavelo). Este segundo autor sería el remitente de la “carta del autor a un su amigo” con que se abre La Celestina, y Rojas, en lugar de ser el remitente como se creía, sería su receptor. Esta conclusión viene apoyada por consideraciones sobre la edad y posición social del destinatario que se mencionan en el texto
Rojas, poco avezado en técnicas literarias (es llamativo que nunca volviera a escribir pese al gran éxito que tuvo este libro publicado cuando sólo tenía unos 24 años), decidió que la historia merecía ser conocida por todos y la “acabó” (como él dice en el prólogo), introduciendo un final trágico como castigo a los amantes “vencidos en su desordenado apetito” y que llaman a sus amadas “dios”. La obra siguió denominándose ilógicamente “comedia”, circunstancia sobre la que los lectores le llamaron la atención. Así, Rojas en la edición ampliada de unos años después, cambió el título por el de “tragicomedia”, intercaló unos capítulos (mal valorados por la crítica) y trató de simular los remaches (“entretalladuras”) que habían quedado de su operación de cambio del argumento de los dos autores anteriores.