Jean Lartéguy llegó a Saigón en 1950 y nunca más se fue. Como muchos amantes del sureste asiático todavía no se resignan
a creer que todo su mundo, que tanto amaron, fue liquidado por la ideología equivocada.
Lartéguy llega a Saigón primero como soldado, luego permanece como periodista y sigue como testigo de sus últimos días hasta su caída. Ama Vietnam y aquel amor es sumamente comprensible cuando en sus propias palabras, borrachas de pasión nos las describe: como algo que se puede oler, para él los olores de Saigón están compuestos de esa mezcla de flores azucaradas, menta fresca, salsa de pescado, carne asada, caldo de vaca; todo eso junto al ruido que producen las palmadas de los vendedores de sopa china y la alucinante visión de las delicadas chicas survietnamitas en motocicletas con sus vestidos como muñecas, con sus pequeños guantes blancos, los anchos pantalones de seda negra o vestidas con sus blancas túnicas, que envuelven sus cuerpos andróginos, sus narices minúsculas y en sus rostros siempre dibujada una sonrisa lejana y también los jóvenes kunfucistas "cow -boys" con jeans y el pelo largo merodeando los mercados repletos de patos a la laca, aplastados como panqueques. Chorreo de colores. Pomelos, naranjas, ananás, paquetes de campanillas de agua y esos frutos grumosos, picantes que huelen tan mal y son tan deliciosos exactamente igual que la esencia tan femenina de Saigón. ¡Cómo amo a Saigón! Concluye Lartéguy y este increíble escritor -a través de sus textos e impresiones políticas-, nos hace amar Vietnam como a aquella amante que no es imprescindible, pero que tememos exhibirla en público.
Adiós a Saigón es un texto necesario y útil para acercarnos -como si fueramos arqueólogos del conocimiento-, a un mundo, una civilización extraordinariamente libre, que, lamentablemente, ya no existe.