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Síntesis y críticas breves

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El extranjero

por : Bertoldo    

Autor : Albert Camus
Toda su sensibilidad
En su libro “Ficciones”, Borges incluye un cuento llamado “Pierre Menard, Autor del Quijote”.
El relato trata sobre la reescritura que Menard hace palabra por palabra del clásico de Cervantes. El escritor no deja borradores de su tarea salvo el Quijote mismo, que, para quien conoce la empresa de Menard, ya no puede ser leído de la misma manera. O al menos así entendí el cuento, porque intentar interpretar a Borges es como querer comprender las verdaderas intenciones de nuestros padres.   Yo acometí en su momento la misma faena (quijotesca) con “El Extranjero”, la afamada novela de Albert Camus. Obtuve como resultado nada más que borradores ilegibles y un agotamiento atroz e inapelable. Es que yo, a diferencia de Borges, Cervantes o Camus, soy mortal.   La primera vez que leí “El Extranjero” quede cautivado desde su párrafo inicial (la traducción es mía):  “Mami murió hoy. O tal vez ayer, no estoy seguro. Recibí un telegrama del geriátrico: {Falleció madre. Funeral mañana. Saludos cordiales.} Eso no significa nada. Tal vez fue ayer.”   También me intrigó la sincera y desafectada parquedad con la que Camus hace que su personaje (Mersaulat) comparta con nosotros lo que le va ocurriendo en su vida a partir de la muerte de su madre. El lector atento puede percibir que cada pensamiento o sensación de Mersaulat alumbra descaradamente todo lo que el personaje no siente. Como un personaje daltónico habitante de un mundo donde se exige alucinar colores.   En sus Carnets Camus registra que el curioso sentimiento que un hijo siente por su madre constituye toda su sensibilidad. En línea con esa hipótesis, Camus construye una historia que cautiva desde la intrigante parálisis emocional del personaje. Como si la voz de Mersaulat proviniera desde el mismísimo vacío inicial del que todo ha surgido y al que volveremos cuando sea tiempo de partir.   Releer la novela es pelar nerviosamente las capas de una cebolla. Pero transitarla es también abrazarme al desconcierto: ¿Por qué sigo leyendo si ya sé lo que me espera en su centro? La respuesta a la aparente contradicción es simple: lo sagrado es adictivo.   En mis lecturas fui teniendo la sensación que había dos Mersault: el que vivía en su cuerpo era una máquina biológica rebotando como un trombo contra los contornos de la realidad,  y el que vivía en su conciencia era un testigo privilegiado de ese cuerpo atrapado en una existencia que había extraviado su propósito.   Fue inevitable que me surgieran unas innecesarias ganas de replicar la novela de Camus oración por oración, palabra por palabra, a la Pierre Menard.   Me aboqué a la tarea con febril dedicación. Terminé la reescritura del primer capitulo convencido que yo era el que había nacido en Argelia, luchado en la resistencia francesa en la segunda guerra mundial y estaba camino a convertirme en uno de lo grandes filósofos existencialistas del siglo XX. En un estado de maníaca obsesión sentí transitar el espíritu de Mersault por mis dedos. Una vida carente de sensibilidad invadió mis articulaciones, me convertí en un observador que mira a un observador sentarse en el centro de un laberinto y cerrar los ojos.   Pero no tuve coraje para abandonar mi vida. No pude, o no quise, dejar de ser lo que soy: un apasionado de la novela “El Extranjero”, escrita no por mi sino por Albert Camus. Porqué rescribir su novela, haciéndola distinta, haciéndola mía, hubiera sido perder la oportunidad de mantenerme como un devoto lector de esa obra, que, me convencí, debía permanecer inmaculada.   O quizás el problema fue que detrás de mi deseo de rescribir “El extranjero” encontré agazapada mis ansías de convertirme en Mersault.   Finalmente abandoné toda dialéctica empalagosa, me recordé mortal y volví a mis cabales. Lo que no pude, ni puedo, evitar es que en las acciones de algunos de mis personajes se reflej
Publicado el: febrero 24, 2008
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