Hoy hace dos mil doscientos ventiún años el emperador Huang-ti, responsable de la gran muralla, hizo quemar todos los libros que se habían escrito para que las gentes creyeran que la
historia de China empezaba en Chih huang-ti. Pero la historia de Chao, el equilibrista, no estaba escrita en ningún libro. Estaba escrita en el corazón y en los labios de todos los campesinos, y no pudo borrarla el fuego de Huang-Ti.
La historia de Chao comienza –a los seis– cuando ve por vez primera la casa pintada del emperador. Lo cargaba su
abuelo en el cesto de las verduras, rumbo al mercado. Queda
tan deslumbrado por los colores que embellecen el palacio imperial que con ella establece, a tan escasa edad, su proyecto de vida:
Chao se puso en pie y dijo con voz firme: – Prometo que algún día conseguiré mi casa Pintada. Míos serán el verde, el azul, el rojo, el blanco y el amarillo. ¿Vale así, Abuelo? – Si. Kum Tsé se lanzó al ataque, furioso: – ¿Por qué dices que sí, sabiendo que la vida le dará a Chao un no como respuesta? Las falsas ilusiones son como la cometa que arrebata el viento. Deja las manos desolladas por el roce de la cuerda, los ojos pendientes de una nube y la cabeza torcida para siempre. – Los justos deseos son como el grano de arroz que cae en tierra –replicó el abuelo–. Puede perderse en agua y barro o lograrse en espiga. – ¿Quieres decir que…? – Que el azul y el verde, el rojo y el blanco, son de cualquier hombre. Pero ha de conseguirlos. Ésa es su tarea. Con una cuidadosa pero sucinta descripción de los lugares y las gentes, de las tertulias familiares y las fiestas populares en las que deja entrever usos y costumbres, la autora logra un somero despliegue ambiental que da vida y enmarca el retrato sicológico de la infancia de Chao. La riqueza de los diálogos, a veces un delicioso contrapunteo de metáforas como el anterior ejemplo, que evocan más de este ambiente de lo que cualquier imagen puede expresar, nos pinta una China paupérrima con marcadas diferencias sociales y de las que hace caso omiso el niño cuando se propone un objetivo que sobrepasa cualquier aspiración racional.
En el desafío y la búsqueda, nos recuerda que no es tan fundamental el fin como el tesonero empeño por lograrlo. La meta que se ha impuesto Chao lo marca y resuelve el descubrimiento y la aceptación de su propia personalidad, pero también cada uno de los pasos que arman su camino influyen en la comprensión y aceptación –o rechazo– que los otros tienen del mundo. Es tan fuerte, tan poderosa su meta que no da cabida para miedos, inseguridades ni flaquezas y, como futuro indeclinable y obsesivo, tampoco concede espacio a la nostalgia.Monserrat del Amo es licenciada en Filosofía y Letras por la universidad Complutense de Madrid. Tiene medio centenar de libros para niños y jóvenes, entre otros pocos de ensayo e historia. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura y, con ésta novela, el Lazarillo, el máximo galardón para la literatura infantil que se concede en España.
Más sinopsis sobre La casa pintada