Los humanos nos inventamos ‘agarraderos’ físicos para darle un poco de estabilidad a nuestra zozobrante psiquis. Taby es
una gata que, como todos los de su especie, permite a los humanos circular a su derredor porque su servilismo le satisface varias necesidades. La convivencia con esta especie inferior ha llevado a Taby a incorporar el comportamiento propio de los humanos y a adoptar algunas manías, como la antedicha necesidad del agarradero psicológico. El de Taby es su
colcha de retazos que, suave y dócil a su somnoliento retozar, se amolda a su sueño como un guante. Y, como le ocurre a cualquiera que lo priven de su agarradero, Taby se pone frenética cuando la madre de la familia, quien obsecuente la sirve, planea desechar la colcha porque la considera vieja, sucia y digna del basurero.
Taby alcanza a pensar en lo conveniente que sería deshacerse de la familia e irse a vivir con su ídolo, el
lechero. A pesar de la oposición de Taby, la colcha va a dar al tacho de basuras. Taby busca la colcha y se duerme sobre ella. Despierta cuando es lanzada por la pala del camión recogedor en su vientre metálico, entre todo tipo de basuras. La gata bufa y maullora de angustia y temor por los malos olores, la oscuridad y los traqueteos del camión mientras este se dirige hacia los vertederos de desperdicios de la ciudad. Así se inicia para Taby todo un largo día con su noche en la que descubre horrores nunca imaginados en la protección de su hogar, y que este queda mucho más lejos de lo que creía cunado inicia búsqueda y regreso sin conocer la distancia y con el pesado lastre de la colcha de retazos tironeando sus dientes.
Las precisas y preciosas ilustraciones de Incola Bayley parecen haber nacido previas al texto. La actitud concentrada de Taby posando para la ‘fotografía’ de la portada; el amor que refleja su gesto de restregarse contra la pierna del lechero, sus ojos preocupados cuando levanta la tapa del tarro de basuras; sus ojos angustiados cuando se revuelca entre los desechos en la panza del camión; sus ojos de resignación e impotencia cuando es lanzada en el vertedero; sus ojos aún sobresaltados por los horrores de la noche pasada cuando apenas inicia su caminata; sus ojos medrosos ante lo que la espera en el camino de regreso; en fin, sus ojos firmemente cerrados en un sueño de gozo y paz entre los amorosos brazos del lechero y sobre su colcha de retazos “tan elegante y tan a la moda”, al decir del mismo. Todos estos ojos denotan la sensibilidad artística del inglés Bayley, quien se apoya en acuarelas y lápices de colores para recrear en los ojos de Taby los sentimientos ante las vicisitudes. La ilustradora nos recuerda que los animales son seres vivos que sufren y gozan, aunque no puedan expresar sus emociones con la risa y el llanto, nos lo recuerda con una felina y lo reitera con El viaje de los tigres (Lumen), La gata gatona (Lumen) y ¡Cric, crec, catacrac! (Lumen). La gata de retales es el libro favorito de Incola Bayley, probablemente porque su modelo fue su propia gata Bella (1974-1992).