Podemos iniciar con un axioma de la pediatría actual: “crecer es un proceso que exige mucha paciencia, sobre todo de parte
del bebé”.
Esta aseveración nos hace pensar que la intensidad de la cercanía con el bebé no es benéfica sólo para el desarrollo del menor. Existe también un cambio cualitativo en la siquis del adulto (comprensión vívida del ser natural, del sentido de especie, de la individualidad, diferenciación radical de yo y el otro), porque por primera vez en su vida se está entregando sin reservas en la comunicación, sin prejuicios y no motivado por interés alguno de ninguna índole. Cuando el padre se implica, desde el primer momento, establece un vínculo que permanecerá para siempre. Los
padres que tocan a sus bebés, que les hablan, les leen y los mantienen en brazos en las primeras semanas de vida, desarrollan una mayor intimidad que se traducirá después en una mayor preocupación por ellos y en un compromiso emocional más estrecho, hasta la muerte.
En concreto, una investigación de la Universidad de Harvard muestra que cuando los padres hablan regularmente a sus bebés, juegan con ellos, los calman, les leen, los alimentan y les cambian los pañales durante el primer mes de vida, al cumplir su primer año puntúan significativamente más alto en tests de desarrollo que miden habilidades motoras, identificación de formas, reconocimiento de palabras y solución de problemas.
En esta vinculación afectiva toma parte mediática el libro como motor y estímulo. Es importante, entonces, que el libro para bebés contenga (aunque aborrecemos de las guías didácticas por empobrecedoras de la creatividad) consejos y justificaciones para los padres, que den piso y ambienten el tema tratado, a manera de orientación. Esta sugerencia está satisfecha en la colección No quiero... de editorial Combel (Barcelona, 2004).
La colección aborda cuatro acciones que a los bebés se les dificultan: bañarse, dormir, comer y hacer pipí en el orinal. En las cuatro historias, los niños protagonistas no quieren hacer caso de sus padres pero, mediante comparaciones con los
juguetes de animales que les acompañan, ceden finalmente y acaban por obedecer.
El editor, en la contratapa de los cuatro libros, ha incluido una serie de consejos del psicólogo infantil español Luciano Montero –autor de La aventura de crecer y asesor de la revista Ser padres–, atinentes al tema de cada uno. Cuando de comer se trata, el cuerpo sabe qué cantidad de comida necesita y por ello es innecesario y contraproducente hartar al niño a la fuerza. Tampoco se debe distorsionar el sencillo automatismo de comer con coacciones o premios, y también evitar la obsesión y las peleas por la comida. Ir a dormir implica para el bebé separarse del padre y de la madre, dejar de jugar, quedarse solo y enfrentarse a la oscuridad... Dormir para él debe ser un placer, en una habitación agradable, llena de las cosas que más le gustan, la culminación de una serie de rutinas que le dan la sensación de seguridad y bienestar. El dormir nunca debe asimilarse a un castigo. El uso del orinal (o de la bacinilla) debe aprenderse como un juego, como todas las cosas que se asimilan sin escozor ni resquemores. Para esto es necesario que se cumplan tres condiciones: que el niño esté maduro física y emocionalmente (mínimo 2 años de edad), que quiera dejar definitivamente los pañales, y que los adultos no perdamos la paciencia si no se obtienen rápidamente los resultados esperados. El baño debe ser una fiesta y, por eso, es el niño quien debe elegir cuáles juguetes lo acompañan, con cuánta agua, si se jabona solo y, con algunas reservas, la duración del mismo.
La impaciencia del adulto es el origen del rechazo en el niño. Para despojarse de ella es conveniente empezar por leer libros como estos en compañía del bebé.