LA HIJA DEL VENDEDOR DE GARBANZOS
Cuento de “Las mil y una noches”.
Adaptación para niños.
Autor: Asimuga.
Vivía en El Cairo un modesto y honrado vendedor de garbanzos llamado Abud, que tenía tres hijas jóvenes. La menor, Zeina, era la más apegada a su padre y se destacaba por su belleza e inteligencia.
Todas las mañanas, cuando las hermanas iban a casa de su maestra de bordado, pasaban por el palacio del sultán, y su hijo Alí, asomado a la ventana, las inundaba de piropos que las dos hermanas mayores aceptaban con placer. Sin embargo, la menor respondía siempre fríamente o en forma irónica, y solamente contestaba en serio cuando se le preguntaba por la salud de su padre o por la marcha de sus negocios.
Un día, el hijo del sultán, profundamente enamorado de Zeina pero cansado de sus desplantes, decidió vengarse humillándola y castigándola. Para ello, pensó en tocarle su fibra más íntima, en lo que ella más quería: su padre. Llamó entonces a Abud y le ordenó que al día siguiente volviera vestido y desnudo a la vez; de no hacerlo, ordenaría que le cortaran la cabeza.
El pobre hombre, considerándose perdido, contó lo sucedido a sus hijas. La menor le aconsejó lo que debía hacer y su padre se presentó ante Alí, al día siguiente, vestido con un traje de red que le permitía estar vestido y desnudo a la vez.
El hijo del sultán reconoció que el hombre había cumplido la orden, pero volvió a la carga, exigiéndole que se volviera a presentar ante él llorando y riendo al mismo tiempo. Cuando regresó a su casa, su hija menor volvió a aconsejarle lo que debía hacer y fue así como al otro día el bueno de Abud se presentó ante Alí riendo y llorando a la vez, ya que antes de verlo se había restregado por sus ojos un trozo de cebolla.
El hijo del sultán no tuvo más remedio que aceptar la ocurrencia, pero no se dio por vencido: ordenó al hombre que volviera cabalgando y al mismo tiempo haciendo pie en tierra. Zeina le aconsejó bien otra vez y su padre se presentó el día indicado ante el hijo del sultán montado en un caballo enano y pisando el suelo al mismo tiempo.
Alí dejó ir al vendedor de garbanzos, pero al verse burlado, su indignación con la mujer que amaba fue creciendo. Un día, en tren de venganza, contrató a un arquero infalible, ordenándole asesinar a Zeina. A la salida de la clase de bordado, caminando con sus hermanas, la joven recibió un flechazo en medio del pecho, corriendo el arquero a avisar a su jefe que había matado a la muchacha.El hijo del sultán se alegró por la noticia, pero al día siguiente su asombro fue mayúsculo cuando pasaron bajo su ventana las tres hermanas, incluida Zeina. Es que la joven, previendo que atentarían contra su vida, se había puesto una coraza, en la que rebotó la certera flecha del arquero.
En el límite de la indignación, Alí juró que se apoderaría de la joven o moriría en el intento. Para concretar su plan, llamó al vendedor de garbanzos y lo conminó, bajo pena de muerte, a que le concediera a Zeina en matrimonio. El hombre puso a su hija al corriente de la situación, y quedó perplejo cuando ella, muy risueña, dio su consentimiento.
Los jóvenes se casaron con gran pompa. Era de madrugada cuando Zeina se retiró al aposento nupcial, aduciendo encontrarse un poco mareada. Cuando Alí entró más tarde a la habitación y encontró durmiendo a su mujer, se acordó de las humillaciones y desdenes con que ella lo había abrumado. Y pese a que la quería con locura, se acercó a la cama, desenvainó su enorme sable, y con todas sus fuerzas, le asestó un golpe que hizo rodar la cabeza en añicos. Acto seguido, arrepentido por haber asesinado a la mujer que amaba y dando rienda suelta a la desesperación, quiso abrirse el vientre con el mismo sable. Pero de repente, la verdadera joven salió de su escondite, le sujetó el brazo por detrás y le besó, pidiéndole que se tranquilizara, ya que había cortado la cabeza de un muñeco que ella había colocado en la cama, previendo la reacción de su marido.
El hijo del sultán olvidó todas sus tribulaciones al ver la sonrisa de la exquisita adolescente, a quien había deseado tanto. Y a partir de ese momento, los recién casados se amaron profundamente y vivieron felices el resto de sus días.