Cuando pienso en este libro, me viene a la mente la caricatura de David Levine, quien se da gran importancia, y creo que
el dibujo es cierto; un pequeño
hombre, con una gran cabeza, gafas y fumando siempre su pipa. Al decir gran cabeza, no me refiero a esos que están por encima de los otros, por su increíble inteligencia que se nutre hoy día del respeto que despierta. El hombre cuenta las
palabras, los libros, su único mundo, el que ha construido línea tras línea, la relación con su familia, con palabras revestidas de sufrimiento, logrando una hábil manipulación... Las palabras, expresión de su expresión, de su libertad, de, en definitiva, su pensamiento. El Sartre niño, pueden imaginarse que no es un canto al placer, el hombre, el niño, es demasiado lúcido para vivir en esas normas de inocencia, por ello, él construye las bases de sus futuras teorías, que descubre recorriendo la biblioteca de su Abuelo, y descubriendo la noción de la existencia. Los grandes autores de este mundo, un día abren sus corazones, las palabras, son recuerdos cubiertos de polvo, una atmósfera ya caducada de un siglo lejano, que hay que descubrir.