Hbía visto el texto de Viktor Frankl en ocasiones en librerías. Hasta que un día leí la nota de contraportada:
El
Dr. Frankl, psiquiatra y escritor, suele preguntar a sus pacientes aquejados de múltiples padecimientos, más o menos importantes: "¿Por qué no se suicida usted?" Me intrigaron esas inquietantes palabras.
El inicio de la lectura fue una total sorpresa; y esta afirmación no constituye un juicio de valor, es decir, no digo que fuera una sorpresa agradable o desagradable, que fuera bueno o malo. Simplemente, me esperaba algo completamente distinto; me esperaba, imaginaba o creía, por ejemplo, que se trataba de una serie de relatos o historias de vida, interpretaciones de las conversaciones con los pacientes o algo similar. Esta conjetura venía dada por la misma nota de contraportada, tantas veces leída.
La mayor parte del texto narra la experiencia de Frankl, quien hubo de padecer una de las peores atrocidades de la historia contemporánea de la humanidad: la vida en los campos de concentración a los que fueron destinados los judíos durante el nazismo. En efecto, el autor, nacido en Viena, en 1905, en el seno de una familia judía, fue internado en 1942 en el campo de concentración de Theresienstadt. En 1944 fue trasladado a Auschwitz y posteriormente a Kaufering y Türkheim, dos campos dependientes del de Dachau.
Sin embargo, Frankl no se limita al mero relato de los hechos, ya sea de una manera periodística o una manera literaria; su intención, explicitada en el prólogo y en el subtítulo de la edición original, fue escribir un ensayo psicológico. El interés, pues, está orientado al análisis, a la interpretación de los hechos; por sobre todo busca la comprensión de la visión del hombre que ingresa a un campo de concentración y que ha vivido esa experiencia.
De allí que las secciones o capítulos del libro están referidas a los distintos episodios de la vida en los campos: la llegada al campo de concentración, el internamiento, la vida en el campo, la liberación, la vida posterior a la liberación. Como decía, las descripciones de los hechos siempre tratan de estar más orientadas hacia lo que los sujetos asimilaban de las experiencias que a lo que realmente sucedía. En tal sentido, las secciones dentro de cada capítulo atienden a aspectos tales como: el sueño, el hambre, la apatía, los insultos, la sexualidad, el arte, el humor, la irritabilidad, la soledad, entre otros.
Como siempre ocurre, o me ocurre, no puedo evitar ciertas comparaciones con otros libros que han tratado asuntos similares, libros que he leído y que tengo frescos en la memoria. La primera comparación, y la más recurrente durante la lectura de El hombre en busca de sentido, fue con el libro de Primo Levy, Si esto es un hombre, que leí el año pasado; aunque los dos libros persiguen, a todas luces, objetivos distintos. Y a pesar de que se diga que toda comparación es odiosa, ésta no lo fue; más bien, la lectura de un texto enriqueció la del otro y viceversa. Porque en cuanto a gustos, en cuanto a juicios sobre el estilo y el tratamiento del tema, los dos libros para mí fueron muy bien llevados, sin caer en las exageraciones (ni exageraron el sufrimiento de los prisioneros ni la maldad de los carceleros, por ejemplo).
Durante la estancia en el campo de concentración Frankl descubre el principio de lo que posteriormente será su teoría: la logoterapia. Allí en el campo se da cuenta de lo importante que es tener un sentido, o lo que nosotros llamaríamos un proyecto de vida. De hecho, el factor más determinante en la sobrevivencia en el campo no era la fortaleza física, el tener una mejor constitución, el haber sido una persona de una robusta salud:
No cabe duda que las personas sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual. Sólo de esta forma puede uno explicarse la paradoja aparente de que algunos prisioneros, a menudo los menos fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que los de naturaleza más robusta. (p. 44-45)
De allí, el autor, como dije, derivó el principio que serviría de base a su doctrina terapéutica, la voluntad del sentido. De esta manera, se contrapone a los principios que orientan otras tendencias en el psicoanálisis (como la libido en Freud). Pero ésa es otra historia, que Frankl desarrolla en el apéndice del libro y de lo cual no me pienso ocupar, ya que me quiero hacer creer que leí una narración autobiográfica y no un tratado de psicología (cosas mías, pues).
Volviendo al tema del inicio, y ya para cerrar, si bien el texto es susceptible de una lectura de autoayuda, y quizás todo texto lo sea, el de Frankl no se limita a esa visión o a esa intención, no es tan básico en su lenguaje y en el tratamiento del tema; por eso, pienso, se puede leer de otra manera, se puede leer como literatura. Por eso lo leí y así lo leí. el texto de Viktor Frankl