La mayoría de las personas leen, dizque por pasar el tiempo. Pero eso no es más que un ejemplo
de quienes son adictos a juzgar por apariencias. En la brevedad del instante y en la estrechez de este espacio intentaré demostrar que muchos hombres hoy famosos no serían más que anónimos fracasados si no hubiesen encontrado a su estrella entre la tinta de los libros. Así que sin preámbulos extenuantes comencemos a traer a la memoria las figuras a quienes la fama acogió por sus ideas u obras.
La lista la iniciaré con Edison, quien siendo joven y estando radicado en Boston, a pesar de sus penurias, se esforzó en comprar las “Obras completas de Faraday”. De estos libros tomó la fuerza que lo llevaría a New York para ganarse el remoquete de “Mago de Menlo ParK, la “cueva del mago”, lugar o laboratorio de donde surgirían los inventos que aceleraron el progreso de la tecnología del siglo XX.
Eratóstenes, lector de los lacónicos razonamientos de Aristarco de Samos, que despertarían en él la curiosidad científica sin la cual no hubiera podido deducir el diámetro del planeta tierra. Carl Sagan les puede contar los detalles en su libro “Cosmos” y donde reconoce que sin ir a la biblioteca, donde primero le pasaron un libro sobre las estrellas del celuloide, de no ser por aquellos sobre la vida de los astros no hubiera podido saber su destino como divulgador de los misterios del universo.
Al estrado llamo también a uno de los maestros de Borges, al autor de “Los Monederos Falsos”, André Gide. De él dice el argentino, a quien la Academia de Estocolmo le negó injustamente la dorada presea de las letras, que ese francés prefería a John Keats y no al inmortal paisano suyo que nos legó la descripción de las consecuencias de la Revolución Francesa. ¿Tal vez por ser más lírico que profético?
Y cómo olvidar a Giovanni Papini, quien afirma que “Otra prueba de que el Dante no está unido siempre de un modo pleno y alerta a las enseñanzas de Jesús, se halla en el “Convivio”, en la opinión que allí da sobre los niños”. (1) ¿Acaso, se puede negar la influencia del autor de “La Divina Comedia” en la formación literaria de Papini? Pero se me tildará de arrogante por no traer más que una oración fuera de contexto. Mas no se me debe negar el derecho a la defensa. Sólo atino a contestar que los invito a leer a G O G, PALABRAS Y SANGRE y por supuesto, DANTE VIVO.
Pero imperdonable sería no traer a uno de los nuestros, a ver si adivinan de dónde extraje mi párrafo final:
“Todavía hoy no creo que sea exagerado creer que ésa fuera la causa del ríspido estado de ánimo con que regresé al colegio, y obnubilado por completo por un disparate genial del poeta bogotano, don José Manuel Marroquín que enloquecía al auditorio desde la primera estrofa:
Ahora que los ladros perran, ahorra que los cantos gallan,
ahora que albando la toca las altas suenas campanan;
y que los rebuznos burran y que los gorgeos pájaran,
y que los silbos serenan y que los gruños marranan
y que la aurorada rosa los extensos doros campa,
perlando líquidas viertas cual yo lágrimo derramas
y friando de tirito si bien el abras almada,
vengo a suspirar mis lanzos ventano de tus debajas. No solo introducía el desorden por donde pasaba recitando las ristras interminables del poema, sino que aprendí a hablar con la fluidez de un nativo de quién sabe dónde”.
Eso sí, les advierto, no vayan a buscar esta cita en “Cien Años de Soledad” de nuestro paisano de Aracataca.