Son ciento diez años a que Elizabeth de Baviera fuera arteramente asesinada en un muelle de la ciudad de ginebra. Muchos
artículos, libros y una gran variedad de obras han pretendido representar esa escena de muchas formas y no únicamente el final de la vida de Sissi, sino su existencia toda.
En Vals Negro, Ana María Moix logra conmover al lector con una alegoría de ese momento ocurrido el 10 de septiembre de 1898 y nos conduce a través de su relato, por aspectos personales de esa emperatriz que la reflejan cuan humana y frágil puede ser alguien con tanto poder.
Tal parece que desde su juventud, se muestra resignada a su destino de adornar con su belleza la monarquía austriaca y, con su singular inteligencia, a siempre mantenerse libre de las cadenas que su investidura implicaban.
El precio de esa libertad fue la soledad, la pena y el dolor. Una existencia de obligaciones y representaciones en un mundo al que no quería pertenecer, a una época en la que su gran personalidad no encajaba.
La esposa del hombre más poderoso de Europa a finales del siglo XIX, nos la presenta Ana María Moix de una forma muy íntima en sus sentimientos, sus ilusiones, gustos y aspiraciones que difícilmente podría una persona común imaginar en una reina; con presentimientos y supersticiones que la acercan a todo tipo de pasiones y emociones de lo cotidiano.
El encanto infantil de las cortes de los cuentos, sus personajes y ambientes de protocolos y elegantes magnificencias podrían ser los que rodearon a esta bellísima mujer. La riqueza, la poesía y sobretodo esa deliciosa música que aún nos sigue cautivando cuando se utiliza para las fiestas familiares conmemorativas más emotivas, los valses. ¿Qué elemento no sería cautivador en todo ese ambiente?
Sin embargo, el argumento del libro nos descubre lo oculto, lo que no se ve ni se oye, lo imperceptible y oscuro. Aquello que lleva a toda una corte a extinguirse por completo en las primeras décadas del siguiente siglo. Una extinción que ya presentía y profetizaba la emperatriz y para la cual se preparó todo el tiempo.
Vals Negro es una radiografía total de lo ocurrido en esa corte y en las familias nobles afines a ella. Nos da explicaciones bien elementales y claras de sucesos que vistos en otras páginas son superficiales y muy formales como los motivos que llevaron a Maximiliano a aceptar la corona imperial mexicana, los hilos que tejieron la autonomía de la monarquía húngara y la del norte de Italia y, un poco más allá las causas básicas que desembocaron en 1918 con la Primera Guerra Mundial.
Mientras que para muchos fueron cuestiones de política económica y territorial, en el libro se perciben motivos más humanos como la dignidad de los pueblos, su idiosincrasia, el amor a sus culturas, el respeto a las etnias y a sus aspiraciones como pueblos.
Algo de todo eso nos lleva a reflexionar sobre nuestro presente. Enfrentados a un proceso globalizador que pretende unificar mercados, culturas, políticas y desaparecer fronteras. ¿Será que vamos hacia un nuevo imperio que pretende empequeñecer el mundo para someterlo a un solo y absoluto poder?
¿Quiénes de todos los dueños de la riqueza y el poder político del nuevo orden mundial heredarían la estreches de criterio del rey Jorge?, quien no tenía la menor noción lo que representaba el concepto de nación o pueblo. El único que tenía significado para él, era el de súbditos.
A lo largo del siglo XX construimos los nuevos escenarios para representar el poder, la riqueza y la opulencia. Y a la cadencia de nuevos ritmos dejamos transcurrir nuestras vidas engrandeciendo a los nuevos monarcas, aplaudiéndoles cuando se dejan amar y criticándolos cuando se dejan odiar, pero sin tener el valor suficiente para tratar de derrocarlos para iniciar la construcción de un nuevo orden.
Así como las sociedades de aquellos tiempos se amoldaron a esa estructura sin atreverse a tocarla por temor a iniciar la construcción de algo nuevo y desconocido, así también ahora, preferimos adaptarnos a los tiempos de equilibrio y someternos a los de crisis, pero sin pensar siquiera en que esto pueda transformarse.
Sin embargo, en su tiempo una mujer, Elizabeth de Baviera siempre estuvo consciente de la necesidad de los cambios. Fue de un pensamiento asombrosamente revolucionario en la cumbre de una sociedad conservadora. Sociedad que la adoró y la divinizó a pesar de que en la intimidad era su principal enemiga y en cambio, aquello por lo que ella luchaba y trataba de encausar por amor a la libertad de los pueblos, fue lo que la ultimó materializando el hecho en la persona de Luigi Luccheni, un humano demasiado común, un peón en el tablero de la historia que toma la pieza más importante del contrincante que, finalmente años más tarde pierde la partida para dar paso a las nuevas democracias europeas.
¿Nuestra época globalizadora tendrá ya lista a su equivalente en algún lugar del mundo? ¿En alguna acaudalada familia capitalista o encriptada en alguno de los grandes consorcios financieros mundiales se estará gestando alguien como la princesa de Baviera?
No, no creo que haya nadie, nunca más, que se asemeje a Sissi.