El capitán Charles Gordon Davy, graduado en 1906 en la Academia Naval de Annapolis, E.U., había servido a
bordo de diversos acorazados de la Armada U.S.A., hasta su nombramiento como Secretario de Estado del Estado Mayor del Comandante en Jefe de la Flota del Pacífico; más adelante, participó en la Campaña Nicaragüense y. sirvió en el acorazado New York, en la Escuadra de Asia, como Oficial de Estado Mayor. Después integró el staff de Personal y Navegación del Departamento de Marina. Durante la I Guerra Mundial, perteneció al Estado Mayor del
Almirante Sims, en aguas europeas, y más adelante, tuvo el comando de los destroyers Kimberly y Broomy, integrando las fuerzas antisubmarinas del Almirante Sir Lewis Bayly. Cuando estuvo al mando del Kimberly, fue recomendado ante la superioridad por acción distinguida. Al término de la guerra, fue destinado al Departamento de Marina, y es seleccionado para venir al Perú integrando la Primera Misión Naval Americana, en agosto de 1920. El 9 de febrero de 1921, aún con el grado de capitán de fragata, asume la Dirección de la
Escuela Naval, cargo que ocuparía por once fructíferos años. Tenía además a su cargo la Dirección de Comunicaciones Navales, cuya oficina estaba también ubicada en la Escuela; allí quedaba la principal estación de radio de la Marina. El año 1930, los cambios políticos que sacaron del gobierno al presidente Leguía motivaron su retorno a los Estados Unidos. Falleció el año 1957. En el homenaje póstumo que se le rindiera en la Escuela Naval, el contralmirante Emilio Barrón, Ministro de Marina, manifestaba: “Davy fue el signo de una vasta labor constructiva; mantuvo en alto las normas de la ética profesional, de la disciplina, del honor y del trabajo. ... Davy al servicio del Perú fue leal a sus compromisos de hombre y de profesional.”
Mi paso por la Escuela está marcado por la carismática personalidad de Davy. Viene a mi memoria su nítida y menuda figura, de esmerado porte militar, recorriendo la escuela seguido por su ordenanza. Llegaba a su oficina a las 7.50 de la mañana, para el izamiento del Pabellón. A las 10, recorría íntegramente el área de la Escuela, en una revista que cubría todos los departamentos, alojamientos, comedores de cadetes, cámara de oficiales, cuadras de marineros, gimnasio, enfermería, campo de deportes, etc., observando su funcionamiento en cada uno de sus detalles; sumamente escrupuloso con el orden y el aseo, solía de vez en cuando hacer su “show personal”: con mucho disimulo dejaba caer un papelillo para luego con gran aparato recogerlo personalmente a la vista de todos.
Se dirigía a nosotros en perfecto español, cortésmente, cordialmente, aunque, como compensando su estatura, con decidida y enérgica voz, evidenciando su condición de líder nato. Pero era sobre todo su interés humano lo que lo hacía un conductor de hombres. Le gustaba hacer gala de que conocía a cada uno de los cadetes, y siempre nos llamaba por nuestro nombre, sin equivocarse jamás. Se mantenía al tanto de los progresos de cada uno, y tenía la meticulosidad de ver las notas los noventa cadetes y poner su visto bueno en cada libreta que se enviaba a los padres.
El comandante Davy y su esposa Mary vivían en el hermoso chalet especialmente construido para vivienda del Director, ubicado dentro de la misma área de la Escuela, por lo que realmente se podía decir que compartía su vida con el alumnado. Desde que llegó a la Escuela, había emprendido su misión de educador con una decidida voluntad de cambiar la mentalidad del oficial naval peruano y de darle un nuevo enfoque a la instrucción en la Marina. El estilo de vida en la Escuela se resumía en el lema de “Mens sana in corpore sano”: el amor a los deportes, la higiene personal, la comida sana, el orden.
Recuerdo el último día de su estancia en la Escuela, en 1930.Era un medio día de la primera semana de setiembre cuando por última vez el comandante Davy y su esposa, sentados a la puerta de su casa, contemplaban el paso de la compañía de cadetes desfilando desde las aulas al edificio de los alojamientos; al verlo, los cadetes no pudieron conservar la compostura, y rompieron filas se acercaron en tropel a ellos. Fue un momento de profunda emotividad que ha quedado por siempre en nuestra memoria. Y, más tarde, cuando el auto que los llevaba se alejaba de la Escuela, los cadetes, desde el segundo piso, con las sábanas a modo de pañuelo les dábamos el último adiós desde las ventanas del edificio Nº 2
Nunca regresó, aunque solía decir que jamás lo abandonó la nostalgia de los años pasados en el Perú. Yo tuve la suerte de verlo ya en el otoño de su vida. Primero, en el año 1939, durante una travesía que realizamos a bordo del "Grau" hasta el puerto de San Francisco, cuando él visitó nuestro buque. Nuevamente, ya en 1956, lo vi por última vez cuando acompañé al ministro de Marina, almirante Emilio Barrón Sánchez a los Estados Unidos. Acudimos a su residencia en Los Ángeles, California, donde vivía desde su regreso del Perú, con el grato encargo de imponerle la condecoración de la Cruz Peruana al Mérito Naval en el grado de Comendador. Fue un acto muy significativo, pues el almirante Barrón había integrado la primera promoción formada por Davy.