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Estambul. Ciudad y recuerdos", por Orhan Pamuk- Editorial Sudamericana,Buenos Aires, 2006- es una magnífica novela autobiográfica, la última que hemos conocido de este Premio
novel de Literatura.
Se trata de un relato autobiográfico en el que la maravillosa ciudad es descripta en el momento de su decadencia: a partir de la década de 1950, cuando cae el imperio otomano. Las imágenes que se presentan de esta ciudad legendaria nos sorprenden porque contrastan con las que guardábamos en nuestra memoria. En efecto, probablemente nuestra fantasía había quedado aferrada a su pasado legendario, a la antigua Constantinopla y la casi mítica Edad de Oro de Justiniano, cuando la luz y el color eran los emblemas de aquella civilización.
La Estambul que nos
presenta Orhan Pamuk es, en cambio, una ciudad en blanco y negro, tal como la describe en su capítulo quinto. Sin embargo, el relato es sumamente poético y no podemos dudar de su veracidad. Tal vez esa falta de color represente para Pamuk la pérdida de identidad, la ambigüedad de esa cultura que oscila entre lo oriental y lo occidental, entre
Asia y Europa.
El relato se enfoca por momentos en ambientes íntimos, familiares, como los de los primeros capítulos, en que el niño Orhan narra los días de su infancia en el "Edificio Pamuk" . Su casa es uno de los departamentos de ese edificio familiar en el que cada uno de esos hogares no se diferencia demasiado del otro y él los describe como "casas museos", cargadas de
objetos intocables.
Pero poco a poco sus experiencias se van ensanchando y la narración nos lleva a nuevos espacios, particularmente a largos paseos por el Bósforo, donde el amor por la ciudad del
escritor se expresa claramente. Éste será el ámbito privilegiado de la ciudad que el
autor guardará en su memoria para siempre, porque probablemente desde el río la ciudad se vería más bella y sus ruinas quedarían disimuladas.
Resultan por demás interesantes en la novela, no sólo las descripciones de la ciudad que leemos con tanto interés, sino las experiencias personales del escritor, que van desde su triste vida familiar, marcada por las desavenencias de sus padres hasta sus preferencias por artistas y escritores, o hasta sus incursiones en los campos más diversos, como el de la pintura, la arquitectura y el periodismo. El libro presenta una muy completa documentación fotográfica seleccionada por el mismo autor entre los archivos familiares o entre imágenes solicitadas en archivos de periodistas gráficos reconocidos en su época, con los que el joven Pamuk tenía evidente afinidad. Muchas veces podemos advertir que el paisaje que nos presenta ha sido percibido por él a través de las miradas de sus amigos. El autor confiesa al final de su libro: " Trabajar en el archivo de Selahattin Giz, ...despertaba en mí cierto embrujo y la sensación de estar participando de algo muy íntimo....Quizá porque a Giz, como a mí, le gustaban las calles desiertas y vacías de Estambul nevado".
Esa documentación no está constituída sólo por fotografías, también tienen aquí su lugar los grabados, forma expresiva que resulta sumamente afín con la sensibilidad del autor. Particularmente prefiere los grabados realizados a partir de las pinturas de Melling- hechos bajo su supervisión- tal vez por proporcionar con su perfeccionismo en la representación de los detalles, ese sentimiento de pérdida del esplendor
urbano que atraen tanto al temperamento melancólico de Orhan Pamuk.
El libro se lee con placer porque nos habla de la dimensión humana de un gran escritor, porque nos da una visión no estereotipada de una ciudad para nosotros legendaria y, además porque plantea el conflicto de la identidad cultural en el mundo contemporáneo. Pero también, y esto no es lo menos importante, disfrutamos de su escritura magnífica, que por momentos está salpicada de razgosde un humor sorprendente.
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