Lolita exhibe méritos y deméritos que la convierten en una de las novelas más significativas del escritor Vladimir Nabokov. Ya desde el principio, la
obra está cargada de contenido sexual que va disminuyendo a lo largo del relato, así como también lo hacen las escenas eróticas. El lenguaje que Nabokov utiliza para ejemplificarlas no peca de obsceno sino que es un discurso colmado de demostraciones afectivas, disputado entre los límites de lo sensual y lo sensible.
Una novela que comienza contando las aventuras de un solterón se convierte en el
relato de Humbert, quien agota a los lectores con una sobrecarga innecesaria de sentimientos hacia Lolita. Dichas emociones que el lector ya presupuso llegan a convertirse en una fijación tan desmedida que logra, sin proponérselo, debilitar el tema principal del libro; lo que sí consigue es que el final de la obra se extienda hasta llegar a ser sórdido como el propio personaje. Este argumento es avalado por el propio Nabovok, quien dice lo siguiente: “Alguna gente –y yo soy uno de ellos- odia los finales felices. El daño es la norma. La fatalidad no debería compactarse”.
De la misma manera, Nabokov
parece querer librarse –casi al final del libro- del
personaje de Lolita, al darle más trascendencia a Humbert que se conduce a estratos que lo transforman tanto en un neurótico como en un asesino. También Nabokov consigue con éxito demostrar que Humbert necesita el apoyo de un lector que lo acompañe en el relato y comparta con él las desventuras que le suceden. Pero el autor parece olvidarse que Humbert no tiene dotes para que se encariñen con él; por el contrario se convierte en un perverso.
De este modo, la obra funciona para dar testimonio acerca de un tema que sigue siendo poco hablado, porque genera en la conciencia de las personas la certeza de que la sociedad en algún punto está fallando. Además sigue siendo, después de cincuenta y dos años de su publicación, una lección de lo que no se debería hacer para no corromper la integridad de una niña. Pero antes que nada habría que tener en cuenta la afirmación de Imannuel Kant en su obra “Fundamentación de la metafísica de las costumbres”, en la cual sostiene que en la elaboración de la moral propia cada uno debe proceder de tal modo que pueda desearse que ese proceder se constituya en ley universal”.
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