Minuciosas descripciones y exquisitos relatos nos permiten transportarnos y adentrarnos en “las pequeñas
memorias” del escritor. El
autor nos invita, a través de su obra, a conocer y disfrutar esa etapa de su vida en la que, a medida que avanzamos, vamos experimentando como propia, trasladándonos a revivir junto a èl los personajes, las costumbres y los paisajes de su amada tierra. Nos transporta a Azinhaga, la rustica
aldea de Portugal donde èl llega al
mundo, con casas rodeadas de olivares centenarios y el río Almonda, que se une al Tajo recorriendo paisajes lisos, pobladas su orillas de sauces llorones. Y es allí -a
pesar de marcharse luego junto a sus padres a
vivir a Lisboa- donde su corazón le teje lazos indestructibles que recuperará regresando en vacaciones, para vivir experiencias que iremos conociendo e incorporando, enriqueciendo aùn más con ellas nuestro vínculo con el autor. En esa aldea quedan sus abuelos maternos: Jerónimo y Josefa; con quienes mantiene una estrecha relación que en sus visitas posteriores le
permite hacerlos cómplices de sus andanzas y aventuras. A su primo José Dinìs lo une un gran cariño a pesar de ciertas discrepancias y peleas por celos y desavenencias, que con frecuencia los llevaban a enfrentamientos sin mayor trascendencia. La situación humilde de su familia no menguó su feliz infancia, fue parte de ella. El autor la remarca en detalles y descripciones a través de los cuales nos situamos en un mundo sin lujos materiales pero con un enorme valor familiar. La simplicidad del relato, su transparencia y esa confidencialidad compartida nos permite a los lectores la intromisión consentida en la vida de un autor de la estirpe de Josè Saramago.
Publicado el: marzo 20, 2007
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