Tráfico
El grito viene del fondo. Es un grito colectivo, enardecido, y cualquiera pensaría que es signo claro
de motín o pelea. Es el tanto que define minutos antes del final el partido de fútbol que se libra en una cancha de cemento entre dos pabellones de cuyas ventanas cuelgan tangas, corpiños, remeras, polleras y pantalones; las pilchas recién lavadas de las chicas presas por traficar droga. En el penal de Santa Mónica, en Lima, son más de mil cincuenta aunque hay lugar para quinientas: siete de cada diez ha caído como "burrier", una palabra nueva a fuerza de mezclar "burro" y "courrier". Aunque por ahora Argentina ocupa el quinto puesto como país de destino de la "merca" peruana, las mulas que salen desde Lima hacia Buenos Aires son cada vez más. Sólo en enero, de un total de ciento noventa y un burriers apresadas con cocaína en el aeropuerto limeño, cuarenta y cinco venían hacia Buenos Aires: casi el treinta y cinco por ciento. El penal de Santa Mónica queda en Chorrillos, un barrio popular al sur de Lima, muy cerca del mar. Y en el patio, con una remera de la selección puesta, Leonor Romero, (acaba de cumplir treinta y siete años ) espera una de las dos argentinas presas por transportar droga desde el aeropuerto. "Yo nací en Palermo, en la clínica Anchorena. Y la primera casa que recuerdo es en la esquina de México y Saavedra. Rubia, de ojos claros, rellenita, Leonor
tiene arrastre entre las mujeres del penal. La persiguen, cuenta su compinche, una colorada de ojos azules que cayó cuando pretendía salir, vía Buenos Aires, hacia Sudáfrica, hace apenas cuatro meses. Pero "la Colo" no habla; "mi ex marido, mi hijo y toda mi familia sabrían mi historia en mi país, en mi barrio, no lo soportaría, no sería justo para ellos", argumenta y con los dedos como pinzas se alisa el pelo planchado que le cae sobre la cintura. Leonor acepta y no tiene problemas en ser filmada para un noticiero del televisión. Tiene la esperanza,
dice, de que en su casa de Misiones, la pueda ver su madre, de setenta y siete años. "¡Mamá, acá está tu hija! Está entera. . Leonor se sienta en el banco de cemento, junto a un jardín minúsculo cuidado con obsesión por una mujer absorta en su única ocupación: abrir y cerrar la canilla y acomodar el regador. Leonor se atropella con las palabras de su defensa pública, que ni siquiera será la defensa ante el juez peruano del Callao con el que tiene audiencia dentro de dos semanas. Desmiente su versión oficial con una historia confusa, pero parecida a otras cientos de historias: un novio nuevo, evangélico, que prometía casamiento por iglesia y futuro con hijos, le dio la valija que llevaba, al momento en que fue abierta por la policía del aeropuerto, un kilo 900 de "cloro", o clorhidrato de cocaína. Pero le robaron en Pueblo Libre, un barrio de Lima en el que se había instalado. Las versiones de Leonor, dice ella misma de entrada, no coinciden. No coincide la que le da al juez, según la que aceptó que fondearan mil ochocientos gramos de cocaína en su valija. "Llamo a una amiga allá (en Italia), ella me conecta...", Quizá por eso sus amigas en Santa Mónica son las chicas europeas que se subieron al avión hacia Madrid o Amsterdam, "cargadas". La española cuenta que lo hizo porque era adicta a la heroína. La reclutó su propio dealer. Se queja porque padeció una abstinencia cruel sin pastillas ni nada que le parezca y porque la cárcel está "llena de gente inculta". "Me detuvieron con quinientos cincuenta gramos. O me mataba el nigeriano que me mandó para acá, o me mataba el peruano que me había dado la droga." termina diciendo amargamente No corren la misma suerte que las subvencionadas europeas las argentinas que se quejan amargamente del Consulado patrio. Leonor fantasea con que le darán condena en la audiencia inminente y entonces sí, con la condena firme, lograr que su caso ingrese en el acuerdo entre las cancillerías argentina y peruana para extraditar detenidos a cumplir condenas a sus países deorigen. El sueño de Leonor es que su madre pueda visitarla en la cárcel de Ezeiza. . La necesidad extrema. El riesgo. Esa es la única similitud que se puede encontrar en todas las burrieres de Santa Mónica. Las europeas como la española y la Colo, que fue toda la vida enfermera hasta que le ofrecieron la oportunidad de irse a Sudáfrica y luego a Lima, para pasar por Buenos Aires cargada, ninguna de ellas deja de hablar de la necesidad como condición a la que se le suma la adicción o la ambición modesta. "Tenía que arreglar problemas, ver si me paraba", explica. "Acá la he pasado muy mal, pero no quiero contar mucho –dice–. He llorado todo el primer mes, y de a poco fui asumiendo que estoy en un lugar donde hay gente salvaje. Tengo terror. Tengo miedo de no salir viva de acá adentro."
Donanfer