El cuento
Carpincheros, del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, integra su primer libro de cuentos,
El trueno
entre las hojas, publicado en 1953.Está escrito con frases precisas, ordenadas, a la vez acumulando imágenes en paralelo a lo relatado, dándole así un clima sugerente, resonante, con lo que dice más de lo que está explícito. Narra lo sucedido a una familia de inmigrantes alemanes, que habían llegado al Guairá, región central del Paraguay, huyendo de los horrores terminada la Segunda Guerra Mundial.Margaret, pequeña hija de Eugen Plexnie y su esposa Ilse, queda profundamente impactada la noche de San Juan, cuando entre las fogatas flotantes en el río Tevikuary, hechas por los pobladores de la cercana población de San Juan de Borja, presencia la caminata sobre el agua de los carpincheros. Los llamaban así porque vivían de la caza de carpinchos, roedores acuáticos gigantes, comiendo su carne y vendiendo su cuero; la familia entera pasaba toda su vida sobre unos rústicos botes llamados cachiveos. Eran envidiados por los peones de la azucarera, donde Eugen, de profesión marino, especializado como mecánico tornero, trabajaba. Los carpincheros eran vistos como gente libre, viviendo sus propias leyes, sin estar sometidos a la triste disciplina de la civilización, del trabajo esclavo en el ingenio azucarero.Para Margaret, niña de ardorosa fantasía mística, fue el acontecimiento más importante de su vida. Para ella, las explicaciones de los adultos no tenían sentido, los carpincheros son seres distintos, y los llamó “hombres de la luna”, que bajaban a la noche por los senderos acuáticos de la luna.Los dueños de la fábrica habían dado a la familia Plexnie una casa blanca, sobre el río, que no tenía buena fama, porque se decía que ahí penaba el alma de un mulato asesinado, quien había sido testaferro del patrón. Margaret, desde que llegaron a la casa blanca, había estado cada vez más triste. Sus padres no sabían porqué. Sin embargo, había recuperado su vitalidad desde que vio a los carpincheros. Así pasaron los meses, disfrutando y también aprendiendo a temer a la exuberante naturaleza del lugar. Una noche, en una playita de arena blanca que había al otro lado de la ribera frente a la casa, vieron a los carpincheros bajar, asar y comer su pescado, y luego bailar al ritmo del gualambau, extraño instrumento musical elaborado por ellos, con medio porongo forrado con piel de carpincho, atravesado por la cuerda de un arco pequeño, que al ser frotada en los dientes del ejecutante resonaba en todo su cuerpo, produciendo un zumbido que interpretaba la noche del río.Margaret se veía cada vez más obsesionada, por lo que sus padres, preocupados, le prohibieron volver a salir para ver a los carpincheros. Ella volvió a ser la niña triste de antes, pero con el paso de los meses, pareció olvidar todo.Así, llegó nuevamente la noche de San Juan. Cuando la familia se preparaba para ir sobre el barranco del río a ver el espectáculo de las fogatas flotantes, se escuchó un griterío espantoso. Corrieron, y vieron que al otro lado del río, sobre la playita de arena blanca, luchaban a muerte un carpinchero, y su atacante, un lobo de agua o lobo-pé. Al rato de una feroz y sangrienta pelea, justo antes de que los compañeros carpincheros alcanzaran a llegar, caen muertos ambos contendientes. Los carpincheros llevan al muerto a la casa de los Plexnie, colocándolo sobre el catre que la familia había improvisado, llorándolo unos momentos y luego regresando a sus cachiveos. Eugen corría a la enfermería de la fábrica en busca de ayuda, e Ilse fue a la cocina a preparar agua caliente.Mientras todos vivían esto horrorizados, la única serena, decidida, era Margaret. Ella, tomada de la mano del más viejo, desaparece en la noche con los carpincheros.Cuando su madre se da cuenta, ve levantarse del catre del muerto a un mulato. Entonces ella corre despavorida hacia el río, y escucha a toda la naturaleza sonar como un gigante gualambau.