Paul Astor, en este suspenso psicológico, realiza dos tareas: compone un drama sobre un marido perdido que está siendo vigilado
por un detective, y al mismo tiempo, el autor explica la crisis de
identidad del hombre. El detective se concentra tanto en los hábitos cotidianos de su perdida víctima, que él mismo llega a perderse en lo que está observando. Más bien, se
convierte en eso mismo que observa. La paradoja es un ejemplo del Principio de Incertidumbre de Heisenburg: el obervador que indaga lo que está perdido, se pierde él mismo, porque no puede separarse de una acción cuando esta proviene de él mismo. Ajeno a toda objetividad, el detective cae en la subjetividad. Comienza entonces a olvidar quién es, o más aún, se cuestiona quién pensaba él mismo que era. En el abismo de este caos de identidad perdida, el detective se cuestiona su propia autenticidad, y la novela se convierte en un marco dentro de un marco: el detective necesita encontrarse a sí mismo para encontrar a su cliente.