Muchos escritores de ciencia ficción han imaginado el futuro paso de la evolución humana. Desde Asimov y sus androides como próximo paso natural del Homo Sapiens hasta Zelazny y sus hombres que pueden escoger de antemano diferentes características de algunos animales. Aquí Theodore Sturgeon nos presenta un eslabón mucho más imaginativo: el Homo Gestalt, no un ser sino una entidad conformada por varios individuos; y no con mejoras físicas sino con
distintas facultades cerebrales (telekinesis, teletransportación, lectura del pensamiento, capacidad de cálculo sobrehumana) dispuestas a la subsistencia de este
nuevo superindividuo. Sus integrantes no son meros socios de un club, funcionan como lo hacen las distintas
partes del ser humano. La totalidad de sus componentes no puede subsistir sin una de sus partes, o si puede, debe hacerlo a costa de un enorme sufrimiento.
Esta es la
historia de la conformación de este nuevo ser. Es la historia de cada uno de sus integrantes, de sus orígenes, de la forma en que interactúan, y de la lucha que libran por el simple hecho de aceptarse a sí mismos y de ser aceptados. El nuevo ente y sus partes sufren. “Quieres que te quieran. Quieres que te necesiten”, escuchará el cerebro de este Homo Gestalt. Es exactamente lo mismo que les ha ocurrido a todos sus predecesores en la cadena evolutiva. Y para ser necesitado, deberá adaptarse a convivir en un mundo en donde no hay otros
seres como él. ¿No hay otros seres como él?
Sturgeon siempre ha sido un maestro en la forma de presentar la trama, la manera en que se
cuenta una historia. Aquí hace gala de todas sus herramientas: entrelaza acontecimientos, da pequeños adelantos de hechos que tratará muy adelante, cuenta en retrospectiva, deja que el
lector haga el trabajo de unir las distintas partes del relato. En suma: se preocupa sobremanera no sólo de contar una gran historia, sino en cómo atrapar el interés del lector.