La trilogía de Nueva York
Paul Auster
Los críticos literarios concuerdan en que esta serie de novelas cortas
ambientadas en la ciudad de Nueva York le permitieron a Paul Auster ingresar en el competitivo y elitista mundo de la literatura. Hoy en día, una extensa y variopinta obra en conjunto, además de haber escrito guiones para cine y poesía, le otorgan la fuerza y credibilidad necesaria para posicionarlo entre los escritores más respetados de la actual narrativa estadounidense.
Los relatos de este libro, de neto corte policial, “Ciudad de cristal”, “Fantasmas” y la “Puerta cerrada”, no solo están enlazados por el ambiente- aunque tratándose de Nueva York sería algo más que un detalle- sino también por una idea en común u obsesión del autor: “el sueño americano de convertirse en otro”. Los
personajes centrales, generalmente sujetos excéntricos, estrafalarios y perdidos en la gran ciudad o dentro de sí mismos, no hacen otra cosa más que tratar de escapar y buscar una alternativa a la vida que les ha tocado en suerte. El rigor de la trama que Auster le impone a cada una de las
historias hace que este sueño se cumpla o se transforme en pesadilla.
En “La ciudad de cristal” un escritor taciturno llamado Daniel Quinn, por azar, se convierte en detective y se enfrenta a un caso de lo más espeluznante cuya compleja trama y resolución lo convertirán finalmente en un vagabundo. El propio Auster, asumiendo su condición de escritor y personaje, se incluye en la historia, trata de ayudar a Quinn, pero luego lo abandona. Un testimonio, muy literario, de que los personajes, una vez que ingresan en la novela, tienen vida propia y cumplen con su destino pese a los designios del escritor.
Por esta misma senda, “Fantasmas”, el segundo relato, nos propone un juego de simulacro y engaños donde dos personas se investigan simultáneamente una a otra. Como dato curioso, entre otros muchos trucos literarios que Auster maneja con soberbia, nos encontramos con que los personajes llevan nombres de colores: “Blanco quiere que azul siga a un hombre que se llama negro y que le vigile todo el tiempo que haga falta” Así, Auster en “Fantasmas” va hilvanando una serie de encuentros y desencuentros, como si fuera un juego, demostrando que los nombres, cuando de narrar se trata, tienen relativa importancia: pueden ser inventados, falsos o intercambiados por otros por que lo que cuenta no es el nombre, sino la relación que los personajes establecen con él; las cosas que hacen, las historias que tejen con el nombre que se han inventado o que los otros le han puesto.
Por último, “La habitación cerrada”, tal vez el relato más apasionante, tampoco escapa a esta recurrente obsesión. En este caso, también se trata de un escritor, frustrado o diletante, quien usurpa, siempre por azar, la vida de un amigo de la infancia que misteriosamente ha desaparecido. De a poco, el escritor se apodera de la obra de su amigo, de su familia y hasta vive un tórrido romance con la madre de éste. El amigo en cuestión, también otro escritor atípico, como todos los muertos mal enterrados, un buen día aparece y no precisa mucho para complicarle la vida. Con dar cuenta, mediante una carta, de su propia existencia le basta. En clara referencia, u homenaje, a las novelas que inauguraron el género policial, - aquellas que proponían como argumento descifrar “el enigma de un crimen a puertas cerradas”- ambos personajes terminan por enfrentarse, sin poder verse las caras. El dialogo que sobreviene a este increíble encuentro- hablan a través de la rendija de una puerta cerrada- no tiene antecedentes ni desperdicio.
Historias de Nueva York es un libro de historias inesperadas y desconcertantes escritas con buen gusto y carácter de escritor. Aunque el ritmo es casi tan endemoniado como el jazz americano, la acción y el suspenso jamás se desbordan o pierden el equilibrio. Las historias corren por la ciudad, vuelan por el mundo, se mezclan, se bifurcan, se multiplican y se pierden, pero siempre vuueelven al punto de partida, a la espera de ser nuevamente convocadas. Hijas del absurdo, el azar o la perplejidad, regresan a los lugares donde han nacido: a un cuaderno azul o rojo, a un banco de la isleta donde se cruzan Broadway con la sesenta y nueve, a la barra de algún oscuro bar de la quinta o la segunda avenida; a esconderse en un piso de Riverside Drive, en Manhatan, donde “Daniel Quinn dice que vive Paul Auster”…
De todos modos, más allá de la sorpresa que esta libro nos brinda y de los merecidos elogios, cualquier novela de Auster requiere de varias lecturas para entrever el esqueleto sobre el cual construye su particular mundo de ficción: historias personales, fantasmas del escritor, mitos americanos, literatura, cine, arte, muñecas rusas, historias dentro de historias, libros dentro de libros…
Otras novelas de Paul Auster, todas muy recomendables y en su mayoría editadas por la editorial Anagrama son: El país de las últimas cosas, La invención de la soledad, El palacio de la luna, La música del azar, El cuaderno rojo, Leviatán, Mr. Vértigo, A salto de mata, Tombuctú, El libro de las ilusiones y La noche del oráculo. También ha publicado un libro de poemas y ensayos titulado Pista de despegue, y escrito los guiones de cine “Smoke and Blue in the face” y “Lulu on the Bridge”.