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Shvoong Principal>Libros>Reseña de Un hijo no puede morir: La experiencia de seguir viviendo.

Un hijo no puede morir: La experiencia de seguir viviendo.

Reseña del Libro   por:MiguelAngelNunez     Autor : Susana Roccatagliata
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Hay situaciones que supuestamente deberían ser comunes a todos los seres humanos, y por ese sólo hecho deberíamos tener una conciencia y sensibilidad que obligaría a los humanos a compartir de una manera empática y efectiva lo que otro sufre. Sin embargo, la realidad no es así. Hay situaciones en las cuales los seres humanos están inmensamente solos. Una de dichas situaciones vitales es la muerte.
Susana Roccatagliata es una periodista chilena que en una situación totalmente inesperada y fortuita perdió a su hijo de cinco años. Ese hecho marcó definitivamente su vida. Vivió momentos de infortunio y de gran soledad hasta que empezó a entender su proceso de duelo y estuvo en condiciones de iniciar un peregrinaje por el dolor que la llevó, finalmente, a convertirse en eje de un movimiento internacional de apoyo a personas que por una u otra razón han sufrido la muerte de alguno de sus hijos.
Quienes debemos trabajar con el dolor cara a cara, especialmente pastores y personas del área de la salud este libro es una guía extraordinaria pues nos sumerge en la psicología profunda del que sufre y nos lleva por los laberintos a veces incomprensibles de quienes padecen un dolor tan grande que las palabras no alcanzan.
La autora reúne su propio testimonio, pero, de manera novedosa incorpora la experiencia de otros, que en muchos casos aparecen como mudos testigos de los hechos: hermanos, tíos y abuelos. 

Todo profesional de la salud y persona que trabaja con el dolor de otros, pastores, psicólogos, orientadores, etc., deberían leer este libro que escrito en un estilo coloquial nos permite palpar de primera fuente el dolor de quien sufre la pérdida de un hijo.

En el testimonio de los protagonistas se observa como el papel insensible de religiosos y personal de la salud en muchos casos lo único que hace es entorpecer el buen desarrollo del duelo. Muchas personas viven severas crisis de fe que se acrecientan por la actitud hacia su dolor de las personas que supuestamente deberían prestarle ayuda espiritual. No obstante –a manera de excusa- es probable que esos religiosos y profesionales de la salud reaccionen de manera tan fría y distante porque no saben interactuar con el dolor ajeno.

Como la autora lo señala “nuestros amigos querían estar cerca nuestro, pero no sabían qué decir, no sabía cómo ayudarnos porque no podían siquiera imaginar cómo nos sentíamos, y frente a la sola idea de que algo pudiese sucederles eludían el tema, y se hablaba de cualquier cosa para no correr el riesgo de decir algo inapropiado” (p. 26).

También es posible aprender el lado positivo de los religiosos y personas que sin ser expertas asumen actitudes y conductas que sirven como un elemento catalizador para que quienes viven el duelo puedan superarlo de manera normal.

La muerte de un hijo representa un momento crucial y definitivo en la vida de cualquier padre. Este libro enseña a quienes pierden a un hijo qué es lo que deben hacer y qué deben evitar. Del mismo modo enseña, de la voz de sus protagonistas, qué esperan de quienes están a su lado y no sufren la misma situación traumática.

Alguien escribió que no tenemos derecho a criticar a nadie a menos que andemos una legua en sus zapatos. Después de leer este libro, siento que tengo una gran deuda con su autora y, además, siento una cuota de responsabilidad y culpa por no haber sabido tratar a quienes alguna vez estuvieron a mi alcance sufriendo este dolor y simplemente, en silencio pasaron a mi lado sin que pudiese hacer nada por ellos.
Este libro, que se ha convertido en un best-seller en todo Latinoamérica debería ser lectura obligada de quienes no sólo están interesados en entregar verdades y conocimientos profesionales, sino que además procuran entender los mecanismos del dolor y el sufrimiento con el fin de ayudar mejor a quienes lo padecen.

El duelo sigue pasos diferentes en las personas, aunque con etapas predecibles. No obstante, no es lo mismo llorar a un hijo que murió repentinamente que aquel que se suicidó, o que fue asesinado, o que murió en un accidente o que tuvo una enfermedad terminal. En cada uno de estos caso, que son reseñados en el libro, las situaciones son distintas y las respuestas emocionales diferentes.

A veces, nos resulta más fácil hacer teología del dolor que empatizar con el dolor del otro. Es más cómodo teorizar de la muerte que vivir al lado de quien sufre la muerte. Si algo valioso nos entrega este libro es la posibilidad de compenetrarnos en aquel enigmático espacio vital que es el sufrimiento de quien ha visto la muerte cara a cara y –lamentablemente- llevándose a uno de los seres más importantes para un padre o una madre: un hijo. Como lo dice la autora “perder un hijo es una de las experiencias más devastadoras a las que se enfrenta el ser humano. Los padres quedan sumidos en el dolor, la vida ya nunca volverá a ser la misma” (p. 13) Entender esto es un deber de quien pretende ayudar, y, esto especialmente en el contexto de una sociedad que tiende a negar el dolor y ocultar el sufrimiento.

Publicado el: 11 marzo, 2010   
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  1. 2. sandra gonzalez

    un hijo no debe morir

    cuando lei este libro,llore y llore,es muy triste,pero demuestra k podemos perder lo mas valioso en un instante.deberian hacer una pelicula.

    2 Puntuación viernes, 22 de julio de 2011
  2. 1. anita

    un hijo no puede morir

    este libro es demaciado bueno deberian hacer una pelicula de el

    1 Puntuación miércoles, 06 de abril de 2011
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