Un hombre tenía 2 hijos. El menor dijo: Papá, quiero la parte de lo que me toca. Su papá repartió los bienes. El
más pequeño, vendió todo y se fue a una apartada provincia y se dedicó a desperdiciarlo. De esto salió el nombre de la parábola:
pródigo significa derrochador o malgastador.
Malgastó todo, vino gran hambre a aquella provincia. Buscó trabajo y cuidó cerdos. Tenía tanta hambre que deseaba comer lo de los cerdos. Volvió en sí, se dijo: ¡Muchos trabajadores hay en casa de mi papá, donde sobra pan. Yo aquí sufriendo hambre. Regresaré con mi papá. Voy a reconocer que he pecado contra Dios y contra él. Y no me considero un hijo merecedor. Le pediré que me trate como uno de sus empleados. Se levantó, volvió a su casa. Ya cerca de ella, su papá lo vio, corrió y se abrazó de su cuello besándolo. El muchacho no pudo hablarle. Su papá ordenó a sus servidores que le pusieran la mejor ropa y zapatos, incluso un anillo en la mano. Ordenó mataran un becerro para comerlo en gran fiesta, Había razón, porque lo creía muerto y regresó vivo. lo consideraba desaparecido y apareció, todos se alegraron.
Mientras el hijo mayor vino del campo. Oyó la música y las danzas; preguntó el motivo del gozo. Le hablaron del regreso de su
hermano y su papá hizo matar un becerro, para festejar. Se enojó y no quería entrar. Su papá lo halló, le pidió que entrara. Aquel se quejó: Muchos años que te sirvo, sin desobedecerte nunca y no me recibido nada. Ahora regresó tu hijo, el derrochador con prostitutas y mataste un becerro.
-Tu siempre vives conmigo, y todo es tuyo. No es necesario hacer fiestas, porque tu hermano estaba muerto, y revivió. Perdido y ahora regresó.
Si extrapolamos esta parábola trasladándonos a este año, hallaremos hijos pródigos modernos.
Ejemplo de esto es el caso sucedido en Inglaterra. Todo comenzó cuando un muchacho, como nuestro hijo pródigo de la parábola, se fue de la casa y desapareció, sumergiéndose en todos los vicios. Malgastó todo. Después el joven sintió arrepentimiento, el Espíritu Santo estaba haciendo su trabajo. Decidió volver al hogar y le mandó una carta a su padre. Le pidió que si lo había perdonado se lo demostrara de una manera muy curiosa: Que pusiera desde la mañana del jueves, día en que él iba a pasar por el pueblo en el tren, una banderita de tela blanca amarrada al árbol grande del patio de la casa. El muchacho desde el tren vería perfectamente la bandera blanca.
El jueves temprano el muchacho subió al tren. Vio su reloj, tenía tiempo sobrado para llegar si era favorecido por el perdón. Encontró un lugar en un vagón y se sentó: Entabló plática y salió a relucir el verdadero motivo del viaje.
Estando cerca, el muchacho comenzó a sudar y preocupó a su acompañante.
-¿Qué te sucede?
-Tengo miedo de que no esté la banderita amarrada al árbol, mi padre no me ha perdonado. No quiero ver.
-No te preocupes. Lo haré.
-Distinguirás la casa, tiene bardas rosadas. Está en la segunda cuadra, lado derecho.
-De acuerdo
-¡Estas atento! vamos llegando. Pasamos el río y el pueblo sigue después del puente. ¡Mira! ¡No dejes de mirar, te lo ruego! -el muchacho se sentó tapándose su cabeza con ambas manos.
-¿Qué ves, qué ves? ¿Está la cinta?
En lo que el muchacho preguntaba, el tren soltó un silbatazo anunciando su llegada al pueblo. Pasaron unos minutos y no escuchaba nada de parte de su amigo.
Estuvo insistiendo y el otro no decía nada. Mientras el nerviosismo del hijo pródigo moderno crecía notablemente.
-¿No está la cinta, verdad?
-No, no hay una cinta. Hay miles de cintas blancas por toda la ciudad.
Como este hijo pródigo moderno regresó con su padre, cualquiera de nosotros puede hacerlo.
Si tu caso es el mismo, alejado del Señor, te has arrepentido y quieres regresar, este es el momento. El Señor ha llenado todo el planeta Tierra de bandaeritas blancas invitándote a regresar al hogar:
Debemos estar a cuentas: si nuestros pecados son como la grana, se emblanquecerán como la nieve; si fueran rojos, se tornarán como blanca lana. Si desea y oyes, comerás el bien de la tierra.
Hoy el Señor te llama y pide que vengas a Él. Sigue los pasos de la parábola: Arrepiéntete, cambia tu actitud ante el pecado, no peques. Es difícil, pero el Señor Jesús te da fortaleza. Te perdonará y restituirá. Si piensas en la perfección, sólo Él es perfecto. Conoce nuestras debilidades y nuestras flaquezas. Pídele con fe: Te agradezco tu gran amor al habernos dado a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador en cuyo nombre acudo a ti, y te solicito, repito, recíbeme y acéptame, te lo ruego. Amén.
Hoy has hecho esta decisión, ten la seguridad de que hay fiesta en el cielo porque has dejado de ser un hijo pródigo. Bendiciones