Si usted busca en los cuatro evangelios la frase: “Más Bienaventurado es dar que recibir”, no lo va a hallar porque viene
siendo un ágrafo de Jesucristo, es decir, un dicho de Él, que no se encuentra registrado en ninguno de los evangelios.
San Pablo hace alusión a esta frase de Jesús que forma parte de la única carta del apóstol a los Efesios consignada en el libro de los Hechos de los Apóstoles, no como carta independiente. La frase guarda un gran sabiduría, pues como El decía, es mejor dar que recibir. Es como sembrar, pero recibiremos la respuesta centuplicada de la manera más difícil de imaginar (como son las cosas de Dios). Hablando del tema, Jesús dijo que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos. El lo hizo: dio sin recibir y lo lo hizo con lo más preciado que Él tenía: su propia vida.
La pregunta obligada es ¿qué tanto hemos aprovechado ese regalo que El dio para salvarnos? ¿Creemos en El? ¿Acaso estamos en disposición de seguir sus pasos?
Si nos hace falta fortaleza para lograrlo, sólo debemos pedírselo para que nos fortalezca y cumplamos con nuestra comisión, si queremos seguir sus pasos.
¿Qué podemos dar? Tal vez te peguntes. Cada quien fue dotado con dones y si quiere, puede ponerlos al servicio del Creador del Universo, sin esperar recompensa alguna porque al decir que dar es mejor que recibir, estamos aceptando que no está en nuestra mente y corazón ninguna recompensa o retribución por nuestras obras. (No por obras para que nadie se gloría), porque eso sería otra cosa, un toma y daca: tanto me das, tanto te doy o viceversa. Esa idea está vacía. Utilitarista. No tiene nada. Cuando decimos que es mejor dar que recibir y lo aceptamos, sí hay conciencia de que si algo vamos a recibir, será de parte de Él.
Asistí una tarde a un servicio en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas y todo era muy bello. Me imaginaba y sentí como si estuviera en los primeros días de la iglesia primitiva, donde todo mundo daba sin esperar nada y sin embargo llevaban una vida muy satisfactoria. Al terminar, a la salida, vi una alcancía de madera rústica de pino, sin pintar y deseé dejar como ofrenda, como las labran los indígenas de la región, una moneda de mil pesos (de aquellos que ya ni hay). Me nació en el corazón, es más, sentí esa acuciosa necesidad de hacerlo y salí a la calle pensando en regresar, a pesar de que yo vivía ya en Quintana Roo.
15 días después, quizá 20, recibí un coche de regalo, un automóvil cuyo costo era de seiscientos mil pesos (de aquellos, claro). El Señor me estaba devolviendo seiscientos por uno, lo que yo di a una iglesita muy sencilla. Tal vez mi secreto fue que no pensé en que si al dar la moneda iba a recibir retribución a cambio. Me nació y uní la acción al sentimiento.
¡Preciosa y pronta fue la respuesta Divina! Constaté que siempre es mejor dar que recibir! Ahí entendí lo dicho por Jesucristo, que busquemos primeramente el reino de Dios y su justicia y todo nos vendrá por añadidura.
Vale la pena probarlo, pero con fe.