La guerra Civil Española (1936/39) fue la primera atestiguada en el sentido moderno de fotógrafos profesionales actuando
en la línea de las acciones militares. El fotógrafo Robert Capa difundió una imagen de un soldado republicano en el instante de su muerte, que se publicó primero en
Vu y luego en
Life (1936), enfrentada a un anuncio publicitario de Vitalis. Más tarde, la guerra que Estados Unidos llevó a cabo en Vietnam fue la primera que atestiguaron día a día las cámaras de televisión; por entonces la fotografía bélica se convirtió en un hecho crítico. Mucho más cercano, el atentado al
World Trade Center en setiembre de 2001 se calificó reiteradas veces “como de película” y fue exhibido alrededor del mundo por todos los medios visuales posibles. La T.V., el video, las películas, se han convertido en nuestro entorno habitual, aunque a la hora de recordar la fotografía cala mucho más hondo.
¿Qué implica protestar por el sufrimiento? Al parecer, la apetencia por las imágenes que muestran cuerpos dolientes es casi tan viva como el deseo por lo que muestran cuerpos desnudos; la mayor parte de las representaciones de cuerpos atormentados y mutilados incitan interés lascivo Asimismo, cuando más remoto y exótico es el lugar que se exhibe, tanto más estamos expuestos a ver frontal y plenamente a los muertos y moribundos, costumbre periodística heredada de la antigua práctica secular de exhibir seres humanos exóticos, vale decir, colonizados. Aunque podamos ser espectadores de las calamidades que tienen lugar en otro país, no siempre es sensiblemente mayor la capacidad para reflexionar acerca del sufrimiento de gente distante, ni tampoco se supone que la fotografía deba remediar nuestra ignorancia de la historia. Durante mucho tiempo algunas personas creyeron que si el horror podía hacerse lo bastante vívido, la mayoría entendería que la guerra es una insensatez.
Las fotografías objetivan, convierten un hecho o una persona en algo que puede ser poseído. Las fotografías de lo atroz ilustran y también corroboran, por ello los pueblos que han sido víctimas quieren un museo de la memoria, un templo que albergue una narración completa de sus sufrimientos, organizada cronológicamente e ilustrada. Sin embargo, se pregunta la autora, ¿por qué no existe en Estados Unidos un museo de la historia de la esclavitud?
Pareciera un bien en sí mismo haber ampliado nuestra noción de cuánto sufrimiento hay a causa de la perversidad humana. Muchos se muestran sorprendidos e incluso desilusionados cuando se les presentan las pruebas de las crueldades que algunos congéneres son capaces de hacer a otros, actitud que con agudeza Sontag declara de inmadurez moral o psicológica, porque a partir de determinada edad nadie tiene derecho a semejante ingenuidad; las imágenes dicen lo que los seres humanos se atreven a hacer.
Resulta difícil encontrar espacio reservado para la seriedad en una sociedad moderna cuyo modelo principal del espacio público es la megatienda. Antes bien, parece un acto de explotación mirar fotografías horrendas del dolor de otras personas en una galería de arte. Hoy transitamos la era digital, cada foto se mira en un espacio diferente y los escenarios se han multiplicado para el espectáculo.