Diálogo filosófico compuesto de diez libros, perteneciente a Platón (427 -347 a. de C).
La República desde un comienzo
pareciera que se trata de una obra que entiende sólo de la investigación y profundización del concepto de justicia, pero a medida que se va avanzando en ella se puede observar que se va ampliando cada vez más siguiendo todos los aspectos de la más pura y madura especulación platónica, para terminar en la proposición de un Estado ideal, según el cual, permitiría alcanzar la justicia.
En principio, Sócrates, le relata a un oyente anónimo las conversaciones que se desarrollaron antes en El Pireo en casa de Polemarco, hijo de Céfalo, entre él, el propio Céfalo, los hijos de éste y algunos amigos de ellos, entre los cuales había dos hermanos de Platón. El punto de partida fue dado por el propio Céfalo, el cual, al ofrecer los sacrificios, se alegraba de que su riqueza lo hubiese preservado de cometer injusticia.
Esto lleva a Sócrates a reconocer la definición de la justicia dada por el poeta Simónides, el cual dice que, la justicia consiste en hacer bien a los amigos y mal a los enemigos. Pero esta definición es refutada por Sócrates por la observación de que perjudicar a los enemigos significaría hacerlos más malvados e injustos.
Al llegar a este punto, Trasímaco, que encarna el tipo de sofista extremista, irrumpe con violencia en el diálogo, considerando que lo que corresponde es aquello que aprovecha al más fuerte, el cual en el Estado detenta el poder para su provecho y nada más que para ello.
Por supuesto Sócrates no está de acuerdo y la investigación continúa desenvolviéndose por medio de un examen del Estado.
En un Estado ideal perfectamente ordenado, el deseo de poseer queda excluido y los guerreros son únicamente los defensores y custodios de la ciudad, por eso la educación de estos custodios es de sumo cuidado y está constituida por la gimnasia para el cuerpo y música para el alma. Para las supremas magistraturas deberán ser elegidos los mejores guerreros, los que hayan dado pruebas en toda circunstancia de no querer sino el bien de la ciudad venciendo fatigas, sufrimientos y peligros, y superando los halagos de los placeres. A fin de que la codicia de poseer no surja en el alma de los guerreros y de los gobernantes y la abnegación por el Estado sea absoluta, Platón cree necesaria la supresión de todo interés individual, y por lo tanto la más completa comunidad de vida. Una propiedad limitada, es concedida a la clase de los productores, campesinos y artesanos, que provee a las sencillas necesidades de los custodios, porque la opulencia los volvería perezosos y la miseria les impediría progresar en sus artes.
Determinada de este modo la ordenación del Estado, en que la distinción de todas las clases no se efectúa por derecho de nacimiento, sino según las aptitudes de cada cual, Platón ensalza su perfección, como unidad del todo y armonía de las partes.
Un estado de este carácter es posible con tal que los filósofos gobiernen o los reyes y los poderosos se hagan filósofos; entendiéndose como filósofo aquel que, deseando la sabiduría con ardor y dispuesto a gustar toda disciplina, aspira a la ciencia inmune de error y desprecia la opinión que, por el contrario, está sujeta dicho error.
Ciencia y opinión no pueden dirigirse al mismo objeto: mientras ésta capta el mundo sensible mudable y sujeta al devenir, aquella que aspira a lo que es y no cambia nunca, deberá, pues, consistir en la contemplación de una realidad diversa, ideal y absoluta.
La distinción entre la falaz realidad sensible y la absoluta realidad ideal está ilustrada por Platón con el célebre mito de la caverna, en la que nos invita a imaginarnos unos hombres encadenados en el fondo de una caverna, de espaldas a la entrada, y a los cuales una argolla impide volver la cabeza, obligados por lo mismo a no ver sino las sombras de los objetos que otros llevan proyectadas por una gran luz de hoguera. Esos hombres tendrían tales sombras por reales y aunque les liberasen de sus grillos y les volviesen hacia la luz deslumbrados por ésta no sabrían distinguir los objetos hasta que, sacados a viva fuerza del fondo de la caverna y habituando sus ojos poco a poco a la luz, se convencerían por fin de su primitiva ilusión, y vueltos ya capaces de ver las cosas iluminadas y también el sol quedarían felices y contentos. De este modo estamos nosotros encadenados en el mundo sensible de los intereses terrenos y tomamos por realidad lo que es pura apariencia e ilusión, sombras reflejos y cosas naturales, y sólo con mucho esfuerzo somos sacados por la instrucción científica de nuestro error, a la contemplación de las ideas: realidad absoluta.
La educación de los que rigen el Estado ideal deberá precisamente obrar esta conversión de toda el alma de la equivocada apariencia de lo sensible, para llevarla a lo puro inteligible, al bien, enderezando oportunamente la divina virtud del entendimiento mediante una sucesión ordenada de ciencias propedéuticas como la aritmética, la geometría, la estereometría (geometría de los sólidos) , la astronomía, la armonía; las cuales captadas en sus conexiones, conducirán la mente a desprenderse cada vez más de lo sensible y la volverán hacia la contemplación suprema: la dialéctica.