Durante la Segunda Guerra Médica tuvo lugar un heroico enfrentamiento (uno más entre los muchos que se llevaron a cabo en
aquellos tiempos) en un angosta cañada ubicada en la confluencia de varias pequeñas naciones griegas. Este débil desfildero comunicaba vinculaba el norte de Grecia (en aquellos tiempos Tesalia era el limite del mundo heleno) con el resto del territorio ocupado por los griegos. En su derrotero, el ejército invasor persa, que tenìa por objetivo llegar a Atenas y Esparta, debía surcar forzosamente aquella minúscula lengua de tierra. El consejo militar congregado por los griegos libres había tomado la decisiòn de defenderse más al norte, en los pasos del Tempe (Entre Tesalia y Macedonia), pero al final, se optò por elegir el paso de Termòpilas como mejor posibilidad y mejor lugar para defenderse. Elegir ea decisión concedía a los tesalios a la alianza persa; abandonados por el resto de los griegos se rendirían al invasor, pero al menos sí que era este el lugar mejor dispuesto para llevar adelante la estrategia de contención que habían decidido practicar contra a las innumerables huestes atacantes. El Paso de las Termópilas era un extenso y angosto corredor. Delimitado a un lado por las montañas y a otro por el mar, se calcula que llegaba a medir, en su parte mas angosta, unos 15 metros de extensión. Hasta ese momento ninguno de los contendientes conocía una ruta alternativa ni cercana ni lejana por la que eludir aquel lugar de paso, así que sin duda era aquel el punto en el que los griegos detendrían a los persas. Una posición en la que de nada serviría la aplastante superioridad numérica del adversario.Sin embargo, el plan tenía un punto débil, el mar. Al tiempo que los griegos se fortificaban en las Termópilas, la flota estaba obligada a clavar también en el lugar a la ingente flota que acompañaba el avance del ejercito persa.Aunque los invasores no hubiesen podido expugnar el desfiladero defendido por los griegos, tarde o temprano la flota aliada tendría que haberse retirado ante las perdidas que día a día sufría en los combates navales. De todas formas, los dos días que resistieron los griegos en las Termópilas representaron un durìsimo golpe moral para las desiguales falanges dirigidas en persona por el rey Jerjes. Resueltos los griegos a paralizar el avance de Jerjes por tierra y mar, se hicieron fuertes en el lugar previsto: el Paso de las Termópilas. Allí, un total de diez mil griegos se prepararon a hacerle frente al adversario. Simultáneamente la escuadra, y posicionada al norte de Eubea, enfrentarìa a la nutrida flota enemiga. Despuès de algùn tiempo, al hacerse presente el majestuoso ejército del Gran Rey, los griegos empezaron a vacilar. Los provenientes del Peloponeso empezaron a preguntarse si no era preferible retroceder hasta el Istmo de Corinto, en donde podrían escudarse en masa haciendo valer todos sus recursos humanos. Había llegado el momento de luchar, no habría más vueltas atràs ni escapadas. Cuando Jerjes llegó ante el desfiladero, supo la posición sus enemigos. Un explorador a caballo avanzó entonces hasta el Paso procurando detalles respecto de los hombres que lo defendían. Los griegos se hallaban preparados en el interior del desfiladero; habían reconstruido deprisa y corriendo un antiguo muro que lo cerraba; allí se defenderían haciendo frente al invasor. El jinete persa se aproximo todo lo que pudo con el propósito de observar a los defensores del lugar y de forjarse una idea clara del número de los mismos. En aquel momento los espartanos se lavaban y peinaban junto a la orilla, cosa que registró sorprendido el persa, también pudo formarse una imagen justa del nùmero de las fuerzas griegas, y con todo esos datos regresò al campamento que los invasores habían levantado más allá de la salida del Paso de las Termópilas. La descripción del tan poco heterodoxo procedimiento de los famosos espartanos y del insignificante número de las fuerzas totales reunidas por los griegos causo en el Rey una desmesurada confianza. Un esforzado grupo de hombres marchó entonces hacia el acceso del desfiladero. Y así, lo que parecía un simple trámite, pasò a ser una autentica disgusto para los asaltantes: la carga máxima de la infantería atacante se arrojó contra las primeras líneas de hoplitas que se protegían tras el muro focidio (los restos reforzados de la antigua construcción defensiva). Desde la mañana temprano y hasta la noche, algun vez en masa y otras veces en grupos de apenas un puñado de hombres, los valientes medos embestían hasta caer masacrados por los tenaces defensores. El armamento de los asiáticos -lanzas cortas y escudos de mimbre, además de un arco y un puñal- era completamente insuficiente en la lucha cuerpo a cuerpo contra las largas lanzas y los escudos de bronce que llevaban los griegos. Las alineaciones dispuet<zas como columnas cerradas que los helenos contraponìan a los asaltantes se exponían de esta forma absolutamente imposible de atravesar.