Gaston Leroux logra un personaje muy llamativo y a ratos conmovedor, mezcla de víctima y verdugo, tan creativo como cruel,
tan desamparado como tiránico, aunque el argumento en que lo inserta deja reducido al mínimo sus puntos de interés y se detiene en cambio en tópicas persecuciones, trampas truculentas y otros efectos de folletín.
En torno a 1880, la Opera de París bulle de superticiosas referencias a un fantasma que campea por todas las estancias, y la aparición de un tramoyista ahorcado multiplica estas creencias. Además, los nuevos empresarios Richard y Moncharmin se quedan asombrados al ver que los anteriores propietarios no sólo creen en él, sino que tienen varias notas amenazadoras firmadas por él, le pagan un tributo de veinte mil francos mensuales y reservan para él el palco número cinco, al que nadie ha visto nunca ocupado, y les recomiendan que ellos sigan haciendo lo mismo.
Cuando Richard y Moncharmin se muestran dispuestos a no rendirse al chantaje y no sólo dejan de pagar el plazo mensual sino que además ocupan personalmente el palco número cinco durante una actuación, sucede una catástrofe: la araña central cae sobre el patio de butacas en plena interpretación y mata a una espectadora, después de que los propios empresarios hayan escuchado en su palco la voz del fantasma que tantos afirman haber oído en los lugares más dispares. El pánico cunde no sólo en la ópera sino en toda la ciudad y la policía se ve incapaz de resolver el caso.
Uno de los más interesados en la pista del fantasma es el joven vizconde de Chagny, enamorado de Christine Daaé, la joven soprano que durante unos días ha sustituido a la decadente prima donna demostrando que vale más que ella. Al colocar la oreja sobre la puerta del camerino de la mujer, el vizconde descubre que tiene un maestro de canto que además pretende ser su amante. Entre miedos y desapariciones momentáneas, Christine cuenta al vizconde que la voz que él ha oído es la de Erik, el ángel de la música que su padre ya fallecido le envía desde el cielo para guiar su carrera musical, tal como le prometiera en vida. Pero le cuenta también que el hombre pretende que se case con él.
Más tarde el Fantasma que Christine llama ángel rapta a Christine en mitad de una actuación, la conduce hasta los sótanos de la ópera donde tiene su cobijo, más allá de un lago subterráneo y de una interminable serie de laberintos. Allí ella se atreve a quitar de un manotazo la máscara de seda negra con que Erik se cubre y descubre que es un ser deforme de nacimiento: con un rostro calavérico, ojos luminosos como brasas y miembros huesudos como esqueleto, tan monstruoso que, según cuenta, su propia madre nunca le besó y le tiraba la máscara para que se tapara la cara. “No me ha faltado más que ser amado para ser bueno” (pág. 423), dice el Fantasma, que insiste en que la muchacha renuncie al vizconde y se convierta en su esposa para así poder convertirse en una persona normal y feliz y abandonar los subterráneos que habita y esa vida de falso fantasma, de sombra misteriosa que recorre a su antojo el inmenso edificio de la ópera gracias a su audacia y a sus talentos de ventrílocuo y maestro de trampillas y dobles fondos.
En compañía de un misterioso Persa que ha conocido a Erik, el vizconde se introduce en los subterráneos y llega a la mansión del Fantasma, pero ambos quedan presos en una cámara de tormento en la que tienen que experimentar horribles alucinaciones. Para que Erik los deje en libertad, la joven Christine acepta casarse con él. Sin embargo, el tierno Fantasma no es capaz de llevar hasta el final su deseo y al sentir un sincero y compasivo beso de la muchacha sobre su frente, cambia de idea y decide morir y que la pareja quede libre para ser feliz.