Este libro contiene una historia muy interesante respecto al holocausto del pueblo judío durante la segunda guerra mundial. Un drama humano cuya atrocidad hoy día todavía nos conmueve y que se ha configurado como el símbolo más doloroso de la intolerancia humana nos es presentado por John Boyne racionalizado desde la inocencia de un niño que, como nosotros ahora, no alcanza a comprender ni a explicarse de una manera coherente el por qué.
La historia, recoge una reacción natural hacia lo que nos parece incomprensible, esa etapa de negación de la verdad que nos permite sobrellevarla y nos impide reaccionar de manera oportuna ante lo que nos resulta racionalmente inaceptable.
No se trata de candidez ni de ingenuidad infantil, en sí y a mi juicio, el argumento es en gran medida aleccionador y Bruno no es sino el personaje que encarna la reacción del mundo ante el holocausto, esa necesidad de negar que sucedía y que, finalmente, como humanidad, nos hizo formar parte activa o pasiva de la tragedia.
El paradigma que nos presenta, coloca a Bruno como parte de la causa y lo lleva a través de un proceso de negación y comprensión de la realidad; luego, ya comprendida, a una etapa de temor y de negación de la propia consciencia que es superada para asumir una posición de desafío que, finalmente, en un giro interesantísimo, revierte el dolor al verdugo y le coloca viendo los efectos desde los ojos de la víctima.
Si leemos el libro sin tener en cuenta la simbología que se manifiesta en cada uno de sus personajes seguramente nos parecerá una historia más de las que se han escrito sobre el holocausto, si limitamos nuestra interpretación del sentido de la obra a una mera narración sobre la candidez e ingenuidad de un niño sin tener en cuenta lo que cada uno de esos personajes representó en el momento histórico en que se ubica, definitivamente, nos estaremos perdiendo las principales lecciones que el autor pretende dejar en el lector.
Publicado el: junio 17, 2008
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