Escucho la tempestad
Helada azul agua
que se embarra a esta piedra
vuelta mi cuerpo,
escurres en silente catarata
erosionando lo que,
aun cuando parezca,
no ha muerto.
Escucho la tempestad
y descubro, desencantado, que no son,
lo que bebía yo con fruición,
las lágrimas que de pasión tú gemías,
sino las que saben a dolor, las mías.
Escucho la tempestad y pienso:
Ha sido mucho el tiempo de amargura
en medio de esta obscuridad de negra roca,
ha sido mucho el tiempo de locura,
sin cobijo de la lápida que me toca.
En medio de la tempestad
cruzo por el viejo puente,
que similar a pájaro me ubica
sobre la embravecida corriente,
del río que en su mano se imbrica.
En relámpagos asoma la soledad amarga,
como siempre de nostalgia precedida,
y la angustia en la baranda me recarga,
al preguntar si esto es despedida,
o abandono vuelto tempestad
rugiendo de amada boca,
de la que un día tuvo potestad
antes de volverse loca.
Ingenuo a la soledad pensé cruenta,
pero lo que conocí no es nada,
al ver la que hoy se presenta,
vuelta sangrienta puñalada:
Cae de los ojos hecha lágrimas
y es por gélidas aguas arriada:
transparentes estigmas
surcando el iris de mi mirada.
Y se humedecen de frío los huesos
de una sombra que atracción no llama.
Y se empapa una máscara
que cubre a la nada.
Y sé que podría saltar
sin que alguien le importara.
Alguien que cerca de aquí,
pasos de sombra alargada
que resuenan tras de mí,
me asiera con mano mojada.
Escucho la tempestad.
Pero son tan indiferentes los pasos
de quien detrás de mí cruza,
como frágiles son los lazos
de quien fuera mi musa.
Naufrago entre la espuma del cerebro,
perturbado por el sacrificio que celebro.
Al recordar que en su corazón fui escoria,
desguazado le doy fin a esta historia. Escucho la tempestad
y el espanto es más que miedo:
Sé que en esta expiación no hay prestigio:
zozobrar sin el menor vestigio
de aquella pasión primera,
es como ir en pos de una quimera.
Escucho la tempestad,
pero sólo sabré de la que cae calma,
quebrada pupila, hecha añicos, la delata,
a través de una fractura en el alma
para ungir a quien me mata.
Escucho la tempestad
y en ella mana el sentimiento,
hoy erigido en potestad,
de la alegría vuelta tormento.
Pues con sus miles de voces
aprendidas de utopías,
para venderme falsos goces
de ella canta en negras sinfonías.
Escucho la tempestad
y nada te dice de mí,
de quien es tu amor y constancia;
con la crueldad que temí,
te hielas sangre y sustancia.
Escucho la tempestad
y con ella hablo y sé que miento.
Mas lo hago para adquirir voluntad
que le dé razón al sufrimiento:
Ya mis pensamientos no te corresponden
y mis labios, éstos que nunca te besaron,
ya no te buscan, indiferente blanca hoja,
ansiosos por fenecer en tu profundidad roja.
Escucho gritar a la tempestad:
La mentira no sirve de nada.
Porque hoy la borrasca,
usando voces de tristeza,
pálida agua al socavar la entereza,
hace que mi dolor renazca.
Escucho la tempestad.
Al verme casi enloquecido
sé que la he perdido.
Abomino del suplicio
y así como lloro, río.
Esta pena que angustia,
nube cargada de tormenta,
cual horrífico mar revienta,
sobre mi cabeza mustia.
Y sé que he de dormir
para alejar lluvia y estruendo,
y sé que he de morir
para matar el recuerdo.
Escucho la tempestad
y exclamo:
Denle otra voz al viento,
porque hablarte debería
de mí que al pensarte aliento,
y por ti, anhelante de tu lástima, moriría.