H. G. Welles inventa la ciencia ficción (o al menos, la dota de su formulación más característica) en este relato
de la invasión, dominio y muerte de una oleada de marcianos a las tierras de Inglaterra, donde los hoy ingenuos pero coloristas argumentos científicos se alternan con una sencilla trama que acertadamente mantiene durante sus ciento y pico páginas el tono de alarma propio de lo que se narra.
El narrador es un escritor que ve por el telescopio cómo se acercan desde Marte una especie de meteoritos que resultan ser una docenas de cilindros que se quedan clavados en la tierra de las cercanías de Londres y de los que salen varios marcianos, protegidos por una especie de traje espacial que hace las veces de pequeño carro de combate. La belicosa unidad guerrera se va abriendo paso con un mortal rayo calorífero, sin más intención que conquistar la Tierra, al parecer forzados por las escaseces de su planeta.
No son verdes, sino marrones, pero sí tentaculares y feísimos: “Aquellos que nunca han visto un marciano vivo apenas pueden imaginar el extraño horror de su aspecto. La peculiar boca con forma de V con su puntiagudo labio superior, la ausencia de pómulos y de una barbilla debajo del labio inferior en forma de cuña, el incesante estremecimiento de su boca, los grupos gorgóneos de tentáculos, el tumultuoso jadeo de los pulmones en una atmósfera extraña, la evidente pesadez y esfuerzo de sus movimientos, a causa de la superior fuerza gravitatoria de la Tierra y, por encima de todo, la extraordinaria intensidad de los inmensos ojos, culminaban en un efecto parecido a la náusea. Había algo de hongo en la aceitosa piel de color castaño, algo indescriptiblemente horroroso en la torpe lentitud de sus pesados movimientos. Incluso en aquel primer encuentro, en aquel primer atisbo, me vi abrumado por la repugnancia y el espanto”
Además, estos marcianos tienen la característica de carecer de sexualidad, lo cual debía de ser muy conveniente en aquella Inglaterra victoriana: “A continuación, por sorprendente que parezca en nuestro mundo sexual, los marcianos carecían totalmente de sexo y, en consecuencia, estaban libres de las tumultuosas emociones que surgen de esa diferencia entre seres humanos. Hubo un marciano que nació realmente en la Tierra durante la guerra, no hay la menor duda al respecto, y fue hallado unido a su padre, parcialmente brotado de él, como lo hacen los bulbos de nuestros lirios o los animálculos en los pólipos de agua dulce”.
Los marcianos provocan que la población de Londres salga en masa de su ciudad y busque refugio. La artillería y el ejército británico sólo consigue causar una baja a las tropas marcianas y tiene que ceder ante el poder del rayo calorífico. El protagonista pasa varios días atrapado en una casa que los marcianos han dejado en ruinas, con miedo a salir y ser atrapado por ellos. Cuando por fin logra salir e ir en busca de su esposa, un militar le informa de la situación y le dice que parece no quedar otra alternativa que intentar vivir en cloacas, resistiendo mientras los marcianos dominan la Tierra.
Poco después, sin embargo, uno de los vehículos marcianos se estrella contra un edificio, como si su tripulante hubiera soltado sus mandos. Luego sucede lo mismo con otro y otro. La salvación para la humanidad llega de la manera más inesperada: “Y una docena de ellos, dispersos por todas partes, algunos en sus volcadas máquinas de combates, algunos en las ahora rígidas máquinas manipuladoras, quietos silenciosos y tendidos formando una línea, estaban los marcianos —¡muertos!—, muertos por las bacterias de la putrefacción y la enfermedad contras las cuales sus sitemas no estaban preparados; muertos como estaba muriendo la hierba roja; muertos, después de que todas las armas de los hombres hubieran fracasado, por las cosas más humildes que Dios, en su sabiduría, había puesto en la Tierra” .