El populismo rural del clásico Lope de Vega sirve de punto de partida para esta obra de teatro del poeta
Miguel Hernández, que también en sus aspectos técnicos (alternancia de diversos tipos de estrofas según el carácter de la escena) sigue la línea del Fenix de los Ingenios. Pero el campesino rico que Lope glorificaba en alianza con la monarquía y la clase aristocrática, se transforma aquí en un campesino pobre enfrentado hasta la tragedia con el terrateniente del siglo XX.
Juan, “el labrador de más aire”, el más apuesto, atlético y admirado por las mozas campesinas, tiene la osadía de comportarse de igual a igual con el terrateniente don Augusto y su orgullosa hija Isabel, a la que intenta conquistar. Juan exhibe ante todos su orgullo de “villano en su rincón”:
“Arrogante y aldeano,
me honra extremadamente
decir que mi pan lo gano
con el sudor de mi frente,
y que desde que la esteva
llevo, con su manantial
siempre el sudor me renueva
una corona de sal”
El orgullo de Juan le enfrenta al terrateniente cuando éste sube las rentas de la tierra, que él considera más suya que del amo. Con imágenes ya utilizadas en su obra poética, Hernández hace que Juan critique ante sus compañeros, más comedidos, la mansedumbre ante la injusticia que les lleva a hablar siempre de paciencia y más paciencia:
No admito, amigos, ni quiero
ese consejo prudente.
Paciencia la suficiente,
pero no la del cordero.
Aborrezco por entero
ese clase de paciencia:
me da rabia una existencia
apoyada en el balido.
Pido más pasión y pido
más vehemencia, más vehemencia
El enfrentamiento se extrema cuando Juan da una bofetada al patrón al sorprenderle acosando sexualmente a su prima Encarnación. Juan queda apartado del trabajo y en la lista negra del patrón, que contrata para asesinarle a Alonso, el campesino que siempre ha envidiado a Juan. Una noche, cuando Juan se ha desengañado del amor de la clasista Isabel y acaba de comprometerse con Encarnación, Alonso le ataca de repente y le mata de un golpe de hoz.
La obra contiene buenas dosis de los destellos de alegría y el orgullo proletario de la poesía de Hernández. Están especialmente logradas las escenas en que mozos y mozas se divierten, cantan o discuten, así como las mencionadas argumentaciones combativas de Juan. Sin embargo, los parlamentos suelen ser excesivamente largos, reiterativos y quitan agilidad a la escena. El lenguaje teatral de Hernández, excesivamente clasicista, no llegó a desarrollarse en la medida que lo hizo el de Lorca.