La mujer llegaría al pueblo del infortunio del hijo descarriado poco antes de las dos de la tarde acompañada de su hija y unas flores marchitas por el calor incesante; luego de su travesía espantosa en el tren y por los pueblos que le precedieron se dirigiría a la casa cural con la convicción de la madre dispuesta a enfrentar las condiciones más adversas por el amor del hijo que le obedecía…, el cual recibiría los golpes, que como boxeador, ella recibía también; así que ni el sopor de la hora, ni la presencia del tumulto de mirones serían obstáculos para rendirle el tributo –con la frente en alto y por la puerta principal de la Iglesia- al hijo, que se iba el Lunes anterior, destrozado por la bala de la viuda solitaria, y que dejaba signos de vejez prematura en la madre que lo quería sin falta.
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